a Toño, querido.
Rondaría los ochenta años
de edad, las arrugas le cubrían el rostro y ese apagado brillo de sus ojos me
pareció que cambiaba, que se encendía en ese momento.
— "De joven, cuando
empecé a ir a los bailes me pasó esto, pibe".
— Así inició su confidencia
de juventud aquel anciano.
— "Habíamos ido a
bailar a un club que quedaba sobre la avenida Rivadavia, por el barrio de Flores.
La barra éramos una punta de muchachos de mi barrio, que me llevaron con ellos para que ya
fuera iniciándome en eso de la milonga. Después de andar un largo rato paveando
por allí, estrenando y cuidando mis pantalones largos, fue que la vi.
Tendría más o menos mi
edad; estaba vestida con un solero blanco estampado y una falda color beige. Su
cabello castaño claro era ondulado y le llegaba a mitad de la espalda, lo
llevaba recogido en parte con un prendedor que llevaba por detrás de su cabeza.
Comencé a mirarla
embobado, ¡era tan linda! Esperé hasta que se fijara en mí. ¿Te imaginás? Yo
daba vueltas y vueltas por alrededor de donde estaba ella y no lograba que me
mirara…
De golpe… ¡cruzamos una
mirada! y sentí como si un escalofrío me corriera por las piernas, hasta los
pies.
Te digo, pibe, no lo pensé
ni un segundo y me fui derechito a invitarla a bailar.
Ella estaba paradita
detrás de la mesa que ocupaba su familia, de modo que el convite era una parada
brava para un muchachito inexperto como yo.
Para mi gran sorpresa,
aceptó.
Fuimos caminando juntos
hasta la pista de baile, cerca de la mesa, por supuesto, y entonces comenzamos
a bailar el tango que estaban propalando por los parlantes del club.
Mientras la tenía cerca de
mí pude percibir embelesado su perfume de agua de colonia. Igualito al que
teníamos en casa, el de la Franco
Inglesa, ¿sabés? Pero no era lo mismo sentirlo en ella que sobre
un pañuelo…
Me presenté y ella me dijo
su nombre: Beatriz.
Sonaba Sur, un tango del
gordo Pichuco y Manzi, cantaba Rivero.
Sur. Nunca olvidaré como
lo bailé, me esmeré lo más que pude para llevarla con gracia y delicadeza.
De golpe, se oyeron truenos
y comenzó a llover con todo, ya sabés como es eso: una típica tormenta de
verano.
Para guarecernos del
chaparrón, corrimos hasta un edificio que estaba alejado de la pista de baile.
Mientras sacudía algunas
gotas que se habían posado sobre mi saco nuevo, levanté la vista y me encontré con su
carita riendo.
Era hermosa.
Mientras llovía a baldazos, charlamos
un rato, sobre cosas sin importancia, tanto que ni me acuerdo de qué hablamos.
Bueno, así estuvimos un tiempo, hasta que dejó de llover.
Entonces, empezaron a
sonar los tangos otra vez y volvimos caminando juntos hacia la pista, donde ya
algunos parroquianos intentaban recuperar su lugar entre las sillas y mesas
mojadas.
La acompañé hasta la mesa de su familia, que ya se estaba retirando del baile. Ya no
bailaría otra pieza con ella.
Se despidió, mientras se alejaba, con esa sonrisa tan linda, su mano saludó en el aire.
Se despidió, mientras se alejaba, con esa sonrisa tan linda, su mano saludó en el aire.
Se alejó de mí sin que
pudiera siquiera saber su apellido... o su dirección.
Esa noche no pude dormir,
daba vueltas y vueltas en la cama. Sólo podía pensar en ella.
Repetidas veces esperé que
los muchachos fueran a ese mismo club a bailar, para ver si podía encontrarla
de nuevo. Nunca sucedió, ni lo uno, ni lo otro"...
Y cambió de tema, mientras
el brillo en sus ojos se apagaba con lentitud.
Que dulzura! aunque nunca experimenté eso de ir al baile con la familia y menos bailar tango , me encantó el romanticismo , eso de correr bajo la lluvia y esas miraditas que lo dicen todo.
ResponderEliminarLástima que el personaje no regresó al baile . quizás ella lo estubo esperando....
cariños
Meryross:
EliminarCuando era muy pequeño, en la década de los cincuenta, de vez en cuando, asistí a esos bailes. Iba junto a toda mi familia: padres, hermano y hermana.
Es probable que, la siguiente vez en que la llevasen a ese lugar, ella lo hubiera buscado con la vista.
Si observas al pie de la entrada, verás que es una anécdota. También es una dedicatoria a alguien muy querido que ya no puede leerlo.
Un abrazo.
Arturo, esta es una bella historia de lo que pudo ser y no fue.
ResponderEliminarA veces, el destino nos cruza y nos descruza con quién deberíamos estar para siempre.
Muy buen escrito, pibe.
Un abrazo de Mos desde la orilla de las palabras.
Mos:
EliminarEn aquellos tiempos, la posibilidad de hallar la pareja de su vida en el primer intento era más que remota, al igual que ahora.
Lo que no quita que la experiencia de un acercamiento al otro sexo marcara por toda una vida a una persona; al igual que el primer beso, ¿o acaso alguien puede olvidar aquellos momentos?
Hay recuerdos que se resisten a desaparecer pues, más que los hechos, guardan los sentimientos del momento.
Te envío mi abrazo, también.
Es un precioso relato con ese flechazo que te suele dar en alguna ocasión el amor,y siempre lo recordarás con entusiasmo y cierta tristeza de lo que pudo ser y no fue.
ResponderEliminarEn mi pueblo Madrid también se conoce un refrán que dice,
"Lo que uno deshecha otro lo aprovecha"
José:
EliminarDices bien, eso fue un flechazo, aunque dado fuera de tiempo.
Por ello, la inexperiencia jugó su papel determinante en el desenlace; ni siquiera tuvieron la precaución de prever un encuentro próximo. Una artimaña practicada siempre, aun cuando toda posibilidad de éxito parezca remota...
En fin, en su debido tiempo, todos pagamos derecho de piso en esas cuestiones del amor.
Un abrazo.
Que cosa Arturo, ambos fuimos niños en los cincuenta, ¡que lindos recuerdos! los pibes no pueden entender como los vivimos nosotros.El sólo imaginar que teníamos que cumplir 18 años para usar los largos, suena inverosímil.
ResponderEliminarSi quedaran huellas de tantos flechazos pareceríamos un colador.
Gracias por los recuerdos.
Un abrazo amigo.
Luis:
EliminarTenés toda la razón en eso. Eran tiempos de escasa libertad para los adolescentes. Recién a los dieciocho años te recibías de hombre y a los veintiuno te consideraban mayor.
Las mujeres de bien debían ser virtuosas, incluso si provenían de familias de pocos recursos. No todas lo eran, por supuesto. Era el germen de la clase media; que inició su derrumbe moral y económico en la década de los setenta. Ante tal decadencia, surge que hoy resulte extraño y casi irreal la supervivencia de un recuerdo tan cándido e inocente.
Un abrazo.
"Lo que uno deshecha otro lo aprovecha"
ResponderEliminarLo siento pero asi es la vida,se mete el cuezo donde menos lo piensas.
"Lo que uno desecha otro lo aprovecha"
Saludos
José:
EliminarEn realidad fue a pescar, pero sin conocer la técnica; quiso sacar peces del agua solo con las manos. Así le resultó.
Entusiasmado y frustrado a la vez.
Un abrazo.
Es increible cómo dá igual el pais, la época y el sexo de las personas.
ResponderEliminarSiempre tenemos historias de nuestra adolescencia o juventud que son historias inacabadas, que siempre se quedan esperando
un final.
Dolega:
EliminarEs parte del crecimiento cometer errores. Por eso, en esa edad todos caemos en lo mismo.
No es lo mismo una persona a los dieciocho años que a los veinticinco, por caso. Además, sería muy triste que no hubiera madurado.
Tales infortunios amorosos de la primera juventud, podrían ser representados por las palabras del Dr. Travalho, que decía: "se encontraba cansado ya de esta situación, porque al fin de cuentas, las mujeres le parecían lo más bello y atractivo del mundo y no podía soportar el hecho de tenerlas siempre tan distantes." (El misterio del doctor Travalho)
Un saludo, maduro.