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domingo, 1 de diciembre de 2013

El desagravio (audio)

Es para mí un inmenso honor que, en La taberna del Callao, Javier Merchante haya puesto su voz e hiciera la ambientación de un texto mío.
Ha realizado estas tareas con grado profesional y generosamente. Como resultado, se destacan sus dotes de maestro y actor.
En mi humilde opinión, ha realizado una excelente interpretación.
Invito a todos a que visiten su blog, que notarán es magnífico.
Para escuchar este "discurso", adjunto el enlace correspondiente

miércoles, 6 de noviembre de 2013

De velorio


Hoy a la mañana, sonó el teléfono de casa, trajo malas noticias: falleció Pedro Gonzaletti.
Me llamó Pepe Fantagasi, uno de los muchachos de la oficina quien, junto a Pedro, aun no ha alcanzado la jubilación.
Recuerdo que me dijo:
- Se nos fue Pedrito, macho. Lo velan en Canalejas 7769, primer piso. Se lo llevan a las cuatro, apurate.
- Gonzaletti, el bonachón de Gonzaletti…
Tipo callado, tímido; pero que se prendía siempre al grupo de los jodones. De risa contagiosa, festejaba las ocurrencias más insólitas; si hasta hacía que viéramos al amargo de García como un gracioso consumado…
Y así, con una gran tristeza en mi alma, llego a la puerta de la casa velatoria, me dirijo al primer piso por la escalera y entro a la sala.
Está llena de desconocidos. Sin dudas, familiares y amigos diversos de Pedro. A su mujer, la habré visto por última vez hará quince, veinte años…
Está muy avejentada, gorda y teñida de rubio. Se esconde tras unos anteojos negros enormes. Me parece que no me reconoció. Pobre.
Para juntar coraje y poder ver a mi amigo sin descontrolarme, trato de ambientarme.
Alguien ofrece una copita de anís, la acepto y me acerco a un grupo, que habla por lo bajo. Quizás me cuenten cómo fue.
Un gordo setentón, pelado y con mostachos dice:
- ¡Qué barbaridad!, ¡vean qué modo de partir!
- Se veía venir, Doctor Donati, lo perdió uno de sus vicios. - Dijo un dientudo, de ojos diminutos y vestido con un traje cruzado.
Al escuchar esa palabra, una sensación de maliciosa curiosidad recorrió mi cuerpo: ¿qué vicios? Yo no le conocía ninguno. Por caso, al pobre Gonzaletti nunca lo vi fumar...
- Clago. Guecuguentemente, se tomaba sus copitas de ginebga. - Acotó un petiso gangoso.
- Y mejor no hablar de su conocida ludopatía. Es imposible saber cuántas veces se jugó el sueldo y lo perdió. – agregó el castor.
- ¡Qué imprudencia! – Se indignó el doctor.
Y es ahora que abre la boca un morocho, para decir su primer bocadillo:
- Según la declaración del travesti, que estaba con él, se quedó muerto, como dormido…
- Incrédulo, salí a fumar un cigarrillo, mientras resonaba dentro de mi cabeza:
Gonzaletti, el bonachón de Gonzaletti…
En la puerta, fumaba Pepe Fantagasi, estaba con sus ojos brillosos. Emocionado, me dice:
- ¡Qué desgracia, macho!, ¡pobrecita la mujer y los pibes, che!
– Y, no es para menos.
- ¡Morir de esa manera!
– Terrible.
- ¿Cómo no se cuidó al enchufarlo? Era algo que hacía siempre…
- ¿En serio?
– Pero, ¡si lo hacemos todos!
– No, yo ni en pedo.
- ¡Dale, boludo!, a vos, ¿quién te va a cambiar las lamparitas quemadas?
- ¿Eh?
- Por culpa de ese velador de mierda, en cortocircuito, lo perdimos a Gonzaletti.
- Perdón, ¿en qué piso lo velan?
– En el primero, como te dije, al fondo.

domingo, 8 de septiembre de 2013

El ayudante

Gracias al renovado buen aspecto del local, logrado tras su pintado reciente, el Bar- Café “La Nueva Pontevedra” comenzó a gozar de un auge inédito: de atender siempre a los mismos pocos parroquianos, ahora se sientan a sus mesas nuevos grupos de clientes.
La inauguración de un complejo de oficinas municipales, localizado en las inmediaciones del local, dio origen a esta bonanza.
El inicial entusiasmo de Manolo, el dueño, se transformó en preocupación: notó que ya no daba abasto para atender a tanto cliente; además, terminaba cada jornada muerto de cansancio.
Este problema tiene una solución obvia: un ayudante. Al menos, así se lo hicieron ver sus paisanos, los gallegos de la Cámara de Comercio; es más, hasta le aconsejaron que empleara a una muchacha joven y le proveyese de un uniforme con falda diminuta, pues, con eso atraería a una mayor cantidad de hombres.
Y así lo hizo: contrató a una veinteañera y le dio la susodicha vestimenta de trabajo; solo que no se dio cuenta de que la chica era chueca. Mejor dicho, chuequísima.
El selecto grupo de parroquianos del negocio, que conforma la barra, notaron de inmediato tal detalle. La bautizaron Periquita, que es el nombre de aquella inocente niña de las historietas; aunque, en verdad, se refería a la denominación de las cotorras. Para peor, el uniforme era verde y amarillo, en honor al café brasilero que se servía en el local. No quedaba nada bien que le hiciesen gestos con el índice, como si le dijeran: “subite al palito”.
Fue una lástima, la chica era muy eficiente y comedida; pero, renunció a la semana y no se la vio más: ni siquiera devolvió el uniforme colorido.
Entonces, Manolo decidió que sería mejor contratar a un muchacho, para que lo ayudase en todo. Y apareció Mamerto Ganselli.
Este muchacho era toda buena voluntad para el trabajo; lástima que no era muy avispado.
Cuando servía los pedidos, el café de los pocillos venía derramado, o no coincidía con lo solicitado por el cliente. La vajilla del negocio comenzó a mermar en número, a pasos agigantados: bandejas enteras rodaron por el suelo. Ante cada estruendo, el gallego expresaba a viva voz su ¡Jesús!, e iba a las corridas a valorizar los daños…
Los últimos tostados mixtos le salieron carbonizados en una de sus caras, aquella superficie que daba para abajo al momento de servirlos. Por fortuna, Mamerto perdió la parrilla de la tostadora…
Los muchachos no fueron muy ocurrentes esta vez: le zamparon “Catrasca”, un apodo que le quedaba justo, como anillo al dedo.
Entre los desastres se cuenta el taponado de las cañerías de drenaje del agua, por el insólito vertido del café molido ya usado dentro de ellas; así como la inundación consecuente, que llegó hasta el salón, cual tsunami cafetero marrón.
Una característa clásica en Mamerto era su torpe manejo de la máquina expresso para hacer el café: salpicaba la leche al calentarla con el vapor a presión y –por si fuera poco- rompía todas las perillas de la cafetera.
Al final, toda esa pesadilla, acabó: un buen día, Catrasca le avisó al patrón que iba a dejar el empleo; puesto que había conseguido un puesto en un laboratorio médico…
Manolo, ya entregado, con la vista enfocada en la nada y un gesto de desconsuelo dibujado en su rostro, se derrumbó en una silla.
Y no le quedó otra alternativa: al otro día, comenzó a trabajar allí “La Patrona”, Ramona, su esposa.

lunes, 19 de agosto de 2013

Una pinturita

Al llegar al bar- café “La Nueva Pontevedra”, me di con la sorpresa: su dueño, el gallego Manolo, estaba inmerso en la tarea de pintar el local
Un fuerte olor a la pintura dominaba todo aquel espacio; sin embargo, el negocio permanecía abierto al público.
Los muchachos estaban sentados en derredor de las mesas de siempre, unidas para formar una superficie única y mayor; aunque más separados de la pared que de costumbre, que hoy lucía húmeda, blanca y muy olorosa.
Los pocillos de café mostraban restos de pintura: los adornaban unos pequeños lunares, causados por el salpicado de las  brochas.
Estaban en plena tarea de organizar la consabida salida de pesca anual, a las lagunas de Chascomús; esto justificaba, de por sí mismo, el estar reunidos en semejantes condiciones.
Las chanzas estaban presentes: comenzaron a burlarse de la suegra del tanito Enzo, Carlota, también conocida como la Vieja Bagre Sapo; hasta ahí todo iba bien. Pero, el gordito Tino Sánchez insinuó que Clarita, la novia del amigo, con los años, se parecería a la madre. Como respuesta, Enzo le pegó un empellón, que arrojó al gordito contra la pared. Apoyó el traste y dejó en la superficie una extraña figura, similar al signo de infinito…
Entonces, se arrimó al grupo, Cacho:
­-¿Me alcanzarías unas servilletas?
-Sí, tomá; pero, ¿qué te pasó? –preguntó Tucho.
-Nada. Que se me había pegado a la suela del zapato uno de los papeles que puso el gallego para no manchar el piso con pintura y yo, para sacarlo, subí mi pie así, ¿ves?, y apoyé la mano en la pared.
-Y apoyó la otra…
Los demás muchachos seguían enfrascados con el plan y el más entusiasmado, como siempre, era el Gordo Toto, que se desvivía en tratar de convencer a todos para dirigirnos a un recoveco de la zona, adonde la pesca es inigualable, según le había referido el cuñado del tío de un primo de su vecino, hombre ducho en el tema.
Sin más decir, desplegó sobre la mesa un plano que había traído con él; en tal acción, dos -o tres- pocillos cayeron al suelo y salpicaron con café la pared recién pintada. El estrépito producido por la rotura de los pocillos sobresaltó a Manolo, que dejó caer el tarro lleno de pintura desde lo alto de la escalera, donde estaba trepado. Salpicó hasta el cielorraso.
Nos salvamos de casualidad.
De inmediato, se escuchó a coro decir: “¡anotameló en la cuenta, Manolo!”, mientras huíamos todos (el Gordo Toto llevaba el mapa, aun desplegado).
Y él cerró el negocio, para limpiar el desastre y volver a pintar todo.

viernes, 19 de julio de 2013

El equívoco


Para la ocasión, elegí ponerme el ambo color negro, complementado con mi camisa al tono. Jacinto Portulaca me había facilitado un grueso listón que, a modo de corbata oculta, cruzaba el cuello de mi camisa. Parecía un predicador.
La reunión era en el saloncito del barrio, el de los Villaverde, donde se hacían las fiestas familiares, aquellas en que los vecinos festejaban casamientos, bautismos, cumpleaños y cualquier otro tipo de reunión conmemorativa.
En este caso, el motivo del festejo era la despedida de Ramoncito, el menor de los Juárez, que se iba hacia Córdoba, a internarse en el Seminario.
Organizaba todo Anacleto Massido, el más santurrón de la zona, quien tuvo la “brillante” idea de que fuese un baile de disfraces. 
Así que, de a uno a la vez, comenzamos a llegar los invitados a la reunión nocturna. Pronto nos dimos cuenta de la obviedad: todos estábamos disfrazados con hábitos. Las mujeres estaban como monjas y los hombres vestidos de curas (Benito, el panadero, se vistió de Obispo); a su vez, los niños estaban ataviados como monaguillos.
Nada originales es decir poco, pues hasta Anacleto se disfrazó de monje medieval, con capucha y sandalias…
Ya de vernos tan disfrazados, comenzamos con las chanzas y las risotadas, que fueron cada vez más sonoras cuando el vino, la cerveza y el ponche (riquísimo y potente) comenzaron a hacer notar su efecto.
En un rincón estaba Ramoncito, sin disfraz, abatido, como pollo mojado. Los invitados se acercaban a besarlo y a revolverle el cabello, con palabras para la ocasión, que fueron cada vez de tono más subido, en la misma proporción en que la concentración de alcohol en sangre de los presentes aumentaba.
En un momento dado, los mellizos de la “Tota” Gonzálvez (esos chicos son la piel de Judas), disfrazados de monaguillos, comenzaron a apedrear a los automóviles que pasaban por enfrente del local.
La fiesta ya había tomado vuelo y entre el griterío de la gente se destacaba el vozarrón de Jacinto Portulaca, con sus conocidas guasadas.
Al rato, sonó el timbre que había en la cocina, salió a atender uno de los invitados, el Manolo (sí, el del bar), quien con la sotana, afeitado y peinado con fijador, estaba irreconocible. Era la policía, que venía a investigar las razones de semejante barullo.
Quien estaba al frente de la averiguación era el sargento Prudencio Díaz, hombre muy creyente, que al toparse con el Manolo, lo confundió con un sacerdote y no supo qué decir: se disculpó y se fue. A todo esto, por encima del hombro del Manolo, había visto pasar a todos los invitados, que hacían un trencito, al son de la canción “Estoy saliendo con un chabón”, cantada por Los Sultanes…
Cuentan las comadres que este sargento, al llegar a su casa, hizo mil pedazos con todas sus estampitas de santos y fue –indignadísimo- a quejarse ante el obispo.
Esa misma mañana, el bondadoso padre Aparicio hacía sus maletas, para ir a su nuevo e impensado destino: las selvas de Borneo. Las chupa cirios lloraban desconsoladas.
Al pobre de Ramoncito no le fue mejor: se ve que alguien lo reconoció al entrar, o al salir, del local, porque cuando quiso entrar al Seminario, los curas lo echaron a las patadas en el culo.
Y nadie volvió a hablar sobre este tema. Nunca más.

sábado, 29 de junio de 2013

Cachito, el pensador

Aquí lo vemos a Cachito Buonidea; está sentado frente a su notebook, que está roto.
Se ha propuesto ser escritor; pero no cuenta con su máquina; pues, según ha dicho su padre, el arreglo es muy caro, a saber:
-Mnmftp, caro. –Dijo.
De modo que Cachito ha colocado sobre la tapa un anotador, tamaño carta, más un humilde lápiz Faber.
Sus intentos se encuentran desparramados sobre el escritorio que está frente a él. Son hojas dispersas con apenas una o dos oraciones; el cesto a su costado guarda hojas hechas un bollo, rellenas con contenidos similares, rodean al papelero los intentos fallidos de encestar (son mayoría: todos conocemos bien las torpezas del muchacho).
Ahora, se levanta de su asiento y comienza a dar vueltas por dentro de su habitación.
Su madre, que lo observa, le comenta a Pancho, que está repantigado en el sofá, atento a las vicisitudes de un partido de la Liga Armenia de Fútbol:
-Ahí está Cachito. No se le ocurre nada. ¡Otra vez la misma historia!
-Mnmftp…, psé; -agrega el marido.
El muchacho, primero mira por la ventana y luego se pone a alimentar los peces que están confinados en la pecera, al  igual que las ideas lo hacen dentro de su mente.
-¿De dónde habrá sacado esa loca manía por querer ser escritor? Nunca habla; nunca dice nada. No tiene amigos, ¿No lo habrás incentivado vos, eh?, -acusó Susana, la esposa.
-Mnmfpt…, nop; -se defendió Pancho.
Cachito, tras haber inspeccionado el perfecto orden de los libros ubicados en la biblioteca, se da vuelta hacia el escritorio, recoge los papeles con frases inconexas y hace un gran bollo con todos ellos; acto seguido, los tira en el papelero (esa pelota queda bien encestada) y los introduce hasta el fondo, con la ayuda del talón de su pie.
-¡Ya está! ¡Otra rabieta más por culpa de esa manía! ¿Cuándo entenderá que no tiene ideas, ni talento, para escribir?
-Mnmftp…, gol.
Y nuestro Cachito piensa: no hay caso, no puedo sintetizar. Es imposible dejar de argumentar con amplitud, para que se comprenda el valor de mi conclusión. Es mi destino: analizar y concluir sobre bases harto complejas.

jueves, 20 de junio de 2013

Eruditos

Imagen tomada de la red

Aquella otra tarde, en el café, estaban reunidos todos los muchachos. Bueno, faltaba el Eugenio, a quien el gallego le había prohibido la entrada al local.
Tras recibirlo con un castañazo, que le dejó el oído silbando, el Manolo le advirtió:
-Osté nu entra más aquí: por pata e’ lana. ¡Cajomendéus!
-Y no hubo caso, el gallego no quiso escuchar razones: de que no era cierto, de que no le gustaban los bigotes de la Ramona (eso no ayudó mucho), de que era solo una broma, etcétera. Así que, a partir de ese día, el Eugenio quedó exiliado.
La charla estaba bien aburrida, hasta que el Néstor, el bibliotecario (el culto del grupo), dispara:
-Hoy cualquiera puede simular ser un erudito.
-¿Qué lo qué? –preguntó el cordobés Beto.
-Digo que, gracias a la informática, cualquiera puede simular saber mucho y ser todo un ignorante.
-¿Y cómo?, ­–dijo el Nito.
-Muy fácil: mediante un buscador se hallan frases célebres, referidas a una palabra que has determinado previamente; luego, es cuestión de elegir el pensamiento más cercano a tu idea y, como último paso, solo hay que agregar la frase y el nombre del autor a un texto propio; así, con falsa naturalidad y casi como al descuido.
-Pe-pero eso es es una cha-chantada, -se indignó el Metralleta Gómez.
-Es lo mismo que hacés vos, Tucho. Escuchás un chiste y lo contás como si fuera tuyo, para darte dique. –Acusó el Nito.
-Peor sos vos, Nito; nos mentís grandes proezas y resulta que las sacaste de las revistas eróticas baratas. El otro día leí tu “aventura” con la Rosita y era la misma historia de una tal Blondie con un negro de dos metros. ¡Fanfarrón! -Lo descubrió el borrachín Tomás, que ya cargaba tres ginebritas encima.
-¡Con razón la Rosita me sacudió un sopapo tremendo cuando la encaré!, -se lamentaba el “Choclo” Rodríguez, así apodado por tener la cara llena de granos.
Ya el tono de la discusión iba in crescendo. Entonces, el gordo Toto, le dice al Manolo, que estaba apoyado sobre el respaldar de la silla de Tucho:
-Gayego, dame una porción de torta ricota… ¡No, dejá!, mejor la busco yo.
­-Y se encaminó hacia el mostrador, levantó la campana de cristal bajo la que estaba guardada la última porción y la puso sobre un plato de postre. Lentamente, volvía a su lugar en la mesa, para apoyar el plato en la mesa cuando, no sé si le tembló el pulso, o quiso acomodarse en la silla sin apoyar su tesoro, o pretendió esquivar los aspavientos del Nito, o qué; pero la porción se resbaló del plato y cayó de lleno dentro de la taza con el café con leche. Se le salpicó la camisa, incluso.
Mientras el gordo Toto se quedaba con la vista fija en el desastre, todos disparamos hacia afuera del local, incluso el Manolo, pues ya sabemos que el gordo Toto se enoja mal y actúa a lo bestia.
Entonces, atisbamos hacia adentro…
Y él lloraba, como un niño.