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domingo, 29 de diciembre de 2013

Carta a los Reyes Magos



Queridos Reyes Magos:
Como sucede todos los años, llegados estos días me pongo a redactar esta carta, donde les solicito mi regalo.
Ya saben de sobra lo que quiero, pues no soy muy original, ni materialista; aunque debo reconocer que soy bastante egoísta.
Aprovecho para agradecerles mucho por haberme concedido mi último pedido, aun dispongo de suficiente para la semana próxima, si Dios quiere.
Nunca me fallaron, pese a lo insólito de mi requerimiento.
Con gran esperanza, aguardo su regalo, que espero dure otros trescientos sesenta y cinco días.
Los quiere mucho.
Don Carlos.

viernes, 7 de junio de 2013

Síntesis

Imagen tomada de la red

Ma - má.
Mami.
Hermanito.
Señorita.
¡Gol!
Hoy no estudié.
Me besó.
¿Me querés?
Me recibí.
Conseguí ingresar.
Te quiero.
Póngale: Julián.
Póngale: Melisa.
El martes, escrituramos.
Cero kilómetro.
Vamos a ir a la costa.
Vamos a ir a las sierras.
Ay, papá.
Dejé de fumar, el lunes pasado.
¡Mamá!
¿Y qué significa eso, doctor?
Te quiero much…

miércoles, 1 de mayo de 2013

Criaturita de Dios


Criaturita de Dios, que llegaste sin invitación, te adoramos con fruición y te damos cariño.
¿Qué será de ti?
Tu madre apenas se da cuenta de tus necesidades, mientras recorre aun su tierna juventud sin objetivos. Para ella, solo se trata de sobrevivir en desventaja. Encima, actúa de forma errada.
Tus abuelos te dan aquello otro que te falta: amor, dedicación, contención… tiempo.
Vives en un mundo desnaturalizado: ingieres leche industrializada, comida industrializada, bebida industrializada, remedios de laboratorios, vistes ropa industrializada; nadie conoce bien de qué están hechos cada uno de ellos.
Respiras humo. Quizá nunca pises un bosque…
¿Qué será de ti?
Te espera el arduo camino del aprendizaje extremo, sin garantías de escapar de la pobreza, que acecha cada vez más.
Acurrucada en un rinconcito de nuestro corazón, la Fe nos dice que podría darse el milagro y que el mundo cambie para mejor…
Tu dulce e inocente mirada nos desarma; ¿cómo seguirá tu vida, cuando ya no estemos los últimos sobrevivientes de aquel tiempo mejor?

martes, 29 de enero de 2013

El océano


Dele, Richar y Artur (1974)
Resulta difícil de expresar la suma de sensaciones que se experimentan ante la primera observación del océano.
Los parámetros usuales de perspectiva visual cambian por completo ante tal inmensidad.
Esa masa en movimiento nos da la bienvenida con el primer flujo de agua que moja nuestros pies e inmediatamente nos hace saber que puede reclamar todo de nosotros: al retirarse hacia su propio seno, en su reflujo, nos provoca una sensación de vértigo y nos hace  perder el equilibrio, al socavar nuestro punto de apoyo en la arena de la playa.
El estruendo de la rompiente de las olas nos indica la energía que se encuentra escondida en esa masa líquida, color azul verdoso.
El horizonte —por su parte— nos llena de curiosidad, pues si bien parece tan cercano, sabemos que resulta inalcanzable.
Pronto sentimos su gusto salobre, que se fija en la superficie de nuestros labios.
Imposible de resistirse ante tal demostración de vitalidad.

viernes, 25 de mayo de 2012

Cándida inocencia

a Toño, querido.
Rondaría los ochenta años de edad, las arrugas le cubrían el rostro y ese apagado brillo de sus ojos me pareció que cambiaba, que se encendía en ese momento.
— "De joven, cuando empecé a ir a los bailes me pasó esto, pibe".
Así inició su confidencia de juventud aquel anciano.
— "Habíamos ido a bailar a un club que quedaba sobre la avenida Rivadavia, por el barrio de Flores. La barra éramos una punta de muchachos de mi barrio, que me llevaron con ellos para que ya fuera iniciándome en eso de la milonga. Después de andar un largo rato paveando por allí, estrenando y cuidando mis pantalones largos, fue que la vi.
Tendría más o menos mi edad; estaba vestida con un solero blanco estampado y una falda color beige. Su cabello castaño claro era ondulado y le llegaba a mitad de la espalda, lo llevaba recogido en parte con un prendedor que llevaba por detrás de su cabeza.
Comencé a mirarla embobado, ¡era tan linda! Esperé hasta que se fijara en mí. ¿Te imaginás? Yo daba vueltas y vueltas por alrededor de donde estaba ella y no lograba que me mirara…
De golpe… ¡cruzamos una mirada! y sentí como si un escalofrío me corriera por las piernas, hasta los pies.
Te digo, pibe, no lo pensé ni un segundo y me fui derechito a invitarla a bailar.
Ella estaba paradita detrás de la mesa que ocupaba su familia, de modo que el convite era una parada brava para un muchachito inexperto como yo.
Para mi gran sorpresa, aceptó.
Fuimos caminando juntos hasta la pista de baile, cerca de la mesa, por supuesto, y entonces comenzamos a bailar el tango que estaban propalando por los parlantes del club.
Mientras la tenía cerca de mí pude percibir embelesado su perfume de agua de colonia. Igualito al que teníamos en casa, el de la Franco Inglesa, ¿sabés? Pero no era lo mismo sentirlo en ella que sobre un pañuelo…
Me presenté y ella me dijo su nombre: Beatriz.
Sonaba Sur, un tango del gordo Pichuco y Manzi, cantaba Rivero.
Sur. Nunca olvidaré como lo bailé, me esmeré lo más que pude para llevarla con gracia y delicadeza.
De golpe, se oyeron truenos y comenzó a llover con todo, ya sabés como es eso: una típica tormenta de verano.
Para guarecernos del chaparrón, corrimos hasta un edificio que estaba alejado de la pista de baile.
Mientras sacudía algunas gotas que se habían posado sobre mi saco nuevo, levanté la vista y me encontré con su carita riendo.
Era hermosa.
Mientras llovía a baldazos, charlamos un rato, sobre cosas sin importancia, tanto que ni me acuerdo de qué hablamos. Bueno, así estuvimos un tiempo, hasta que dejó de llover.
Entonces, empezaron a sonar los tangos otra vez y volvimos caminando juntos hacia la pista, donde ya algunos parroquianos intentaban recuperar su lugar entre las sillas y mesas mojadas.
La acompañé hasta la mesa de su familia, que ya se estaba retirando del baile. Ya no bailaría otra pieza con ella.
Se despidió, mientras se alejaba, con esa sonrisa tan linda, su mano saludó en el aire.
Se alejó de mí sin que pudiera siquiera saber su apellido... o su dirección.
Esa noche no pude dormir, daba vueltas y vueltas en la cama. Sólo podía pensar en ella.
Repetidas veces esperé que los muchachos fueran a ese mismo club a bailar, para ver si podía encontrarla de nuevo. Nunca sucedió, ni lo uno, ni lo otro"...
Y cambió de tema, mientras el brillo en sus ojos se apagaba con lentitud.
        

jueves, 12 de abril de 2012

Siguen allí

Tío, abuelo, madre y casa (1941).
Dicen que todo aquello se fue, que ya no está más. Yo no lo creo, ¿a quién se le puede hacer creer semejante cuento?
Me refiero al asunto ése, el de la casa chorizo, con su galería, con su jardincito al frente, con la huerta y el gallinero en el fondo del lote, con su baño aislado, con puerta hecha en madera, que dan al patio de piso de ladrillo.
Digo, esa casa con su cocina de paredes oscuras, por causa del tizne que le deja el humo del eterno fogón a carbón, donde se cocinan esas comidas tan sabrosas, que me gustan tanto. Ahí, donde está el receptor de radio, eternamente encendido, para que suene un tango o se oiga la novela, o bien todas esas propagandas cantadas con estribillos corales tan pegadizos y que conozco al detalle.
Hablo de la misma casa aquella, que tiene su salida a través de esa puerta hecha en un bastidor de caños, con su alambre artístico y su cerradura tipo corredera máuser. La que tiene un cerco, también hecho con el mismo tipo de alambrado, donde crece una ligustrina que da intimidad al lugar y una buena sombra para la siesta estival del perro Batuque.
En ese lugar está también ese jardincito humilde, con sus rosales o sus geranios, siempre llenos de flores y las madreselvas perfumadas, las infaltables plantas frutales, donde no falta el limonero generoso, o la higuera llorona.
Y también la canchita para jugar a las bolitas del frente de la casa, ubicada más allá de esa vereda de ladrillos desparejos, siempre protegida por la sombra del sauce llorón.
Dicen que si alzara la vista ya no vería pasar al trolebús silencioso, o a esos automóviles negros y voluminosos, esos Ford, Chevrolet o De Soto, que siempre producen ese ruido característico, el típico de sus cubiertas sobre el asfalto caliente y pegajoso, en medio del silencio que reina durante las tardes calurosas.
No lo creo. Seguro que si voy para allá ahora mismo encontraré —como siempre pasó— al vecino, Don Gaitano, ese tano vestido con la eterna camiseta de algodón sin mangas y con su pantalón de gabardina ancho, sujeto a su cintura por una faja negra, con su toscanito apagado entre labios, que rodea esa barba perenne, de un par de días.
Seguramente, estará sentado en su silla de madera, con asiento de paja, y con el respaldo puesto hacia adelante, donde siempre apoya sus brazos robustos y desde donde otea al mundo.
Veré a su perro de raza indefinida echado a su lado, aburrido como él, mientras espanta cansinamente al mosquerío, con esos raros y espasmódicos movimientos del pelaje.
Por eso, sólo deberé entrar a esa casa, tener cuidado para eludir la efusividad del Batuque, de modo que no me ensucie la ropa con su festejo, invariable y sincero. Y allí, seguro, estarán recibiéndome los que más quiero, porque yo soy parte de ellos. Son mi familia.
Si, ya puedo ver todas esas miradas francas...
Así como fue, es y siempre será.