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sábado, 31 de mayo de 2014
jueves, 27 de diciembre de 2012
La duda
Es muy difícil saber transmitir los conocimientos adquiridos a lo
largo de toda una vida.
Mas aún cuando algunas de las conclusiones no son
—ni remotamente— definitivas, ya que están cercadas por la duda.
Por cierto, nada es absoluto en este mundo. Y menos aún podrían serlo los pensamientos de una persona, que se encuentra en la búsqueda del conocimiento. Para ella, lo que ayer fue tomado como una verdad, hoy bien podría ser considerado falso. A decir verdad, esta última apreciación solo es considerada cierta por el momento.
Por cierto, nada es absoluto en este mundo. Y menos aún podrían serlo los pensamientos de una persona, que se encuentra en la búsqueda del conocimiento. Para ella, lo que ayer fue tomado como una verdad, hoy bien podría ser considerado falso. A decir verdad, esta última apreciación solo es considerada cierta por el momento.
No se puede sostener con seriedad una posición como algo
irrebatible, pues esta conducta sería sospechosa de esconder una mentira, de la
que se espera sacar un provecho. O necedad, al no tener una versión mejor, que
fuera menos rebatible, se la seguirá sosteniendo hasta las últimas
consecuencias so riesgo de tener que aceptar el error.
Las mentes más simples no pueden sobrellevar una
vida en medio de la incertidumbre. De esta debilidad se aprovechan siempre otros,
carentes de escrúpulos, que captan a la gente debilitada, o agobiada, mediante
un lenguaje carente de dudas, basado por completo en afirmaciones.
Esta
actitud es universal: la emplean tanto en zonas donde el conocimiento del
auditorio es escaso y no hay quien pueda rebatirlas, como en ámbitos y situaciones
completamente increíbles, de gente cultivada.
Nadie
compraría un artefacto doméstico si el vendedor de la tienda le hiciera ver los
errores de diseño que posee o los riesgos de falla que conlleva; del mismo modo,
cualquier charlatán afirmará que mediante el reparto de cartas sobre un paño, tirando
dados o cualquier otra acción aleatoria, puede interpretar el futuro de una
persona u otras cuestiones personales por el estilo. A esta aseveración le
agregará un no comprobable estudio en profundidad de las artes subterráneas y
poderosísimas, que -según afirma- siempre manejaron a la humanidad desde las
sombras, que lo saben todo, de fuentes divinas o insospechables, etcétera. Lo
sobrenatural nunca falta en tales aseveraciones.
Estos
personajes jamás aceptarán duda alguna. Al verse acorralados por algún
escéptico, admitirán casi como confesión de amigos, que solo se trata de un inofensivo
timo.
Ante
estas explicaciones místicas o milagrosas siempre queda el camino del
razonamiento. Esta senda se nos presenta serpenteante, difusa, contradictoria,
enigmática, siempre incompleta. No da certezas.
Es a
través de la reflexión, que resulta posible analizar situaciones pasadas o de
plena actualidad, y como resultado de este ejercicio, es posible tener una
visión algo más clara de los acontecimientos.
No es
ajeno a este proceso el volumen de información disponible, fuera cierta o
falsa, ya que luego del análisis de la misma mediante el empleo de un proceso
lógico, se condenará al descarte a buena parte de aquello que se consideraba veraz.
La
conclusión, como se expresa más arriba, estará siempre inmersa en un mar de
dudas, pero dará como resultado contar con distintos escenarios como probables.
La sorpresa tendrá menos posibilidad de ocasionar daño.
viernes, 23 de noviembre de 2012
Aquel barrilete
Con
el enorme optimismo que se alimenta en la inocencia, decidí construir mi propio
barrilete; quería que trepara a lo más alto del cielo.
Me bastaron unas pocos conocimientos sobre el
tema, que obtuve de quienes me rodeaban y que eran -además- la única fuente de
información posible.
La
falta de recursos hizo que solo empleara aquellos materiales que podía
conseguir de manera gratuita, como ser: las cañas huecas para el armazón, que las
proveía el espacio público; algunos trapos viejos que teníamos en casa que,
cortados en tiras y atados a continuación uno del otro, formaban la cola; las
hojas de un periódico, con infinidad de noticias obsoletas; unos cuantos trozos
de hilo de algodón que, unidos, daban la certeza de poder construir y elevar el
barrilete a alturas considerables.
Llevó
bastante tiempo el poder preparar aquella cometa para su vuelo inaugural.
Su
buena cuota de esfuerzo estuvo asociada a todo el proceso, desde la obtención
de los insumos que lo hiciesen posible, hasta el hecho de conseguir que se
elevara a lo alto.
Poco
sabía por ese entonces sobre lo que pasaba en esas alturas; de modo que el
barrilete perdía altura, aun pese a la fatigosa tarea de remontarlo, ejercida
mediante una enérgica entrega de mis brazos; a veces comenzaba a describir
círculos, o ir de allí para allá, sin ton ni son.
Irremediablemente,
como suele suceder en la mayoría de los casos, quedó enganchado en la copa de
un árbol alto y traicionero, donde quedó expuesto como mudo testigo de mi
fracaso, para siempre.
No
sé por qué, justo ahora que hacía un análisis retrospectivo de mi vida, vino a
mi memoria este recuerdo triste.
jueves, 15 de noviembre de 2012
Tesoros
¿Cuántos tesoros
pasaron frente a mí
y no me di cuenta?
¿Cuántas veces los observé
y no los valoré?
Y ahora, ya pasados los años,
los descubro y veo lo perdido;
pues la experiencia no
surge sola
se gana con vida y con tiempo.
Creer que se sabe,
sin saber.
Sentir que se entiende, sin entender.
Creer que se vive, sin vivir.
Sentir que se muere, sin morir.
martes, 16 de octubre de 2012
Obsecuentes
Al igual que usted,
estimado lector, infinidad de veces los pude observar en acción; me refiero a
los obsecuentes.
Por lo general, su actitud
servil está mal disimulada. Y no podría ser de otra manera, a riesgo de que
quien debe percatarse de las deferencias excesivas recibidas por estas gentes pueda
llegar a no darse cuenta.
Es así que los despreciables
obsecuentes se desviven en brindar celeridad ante el menor requerimiento
sugerido, o festejan cualquier nimia ocurrencia de aquel individuo a quien
desean servir. A veces, sobreactúan de un modo patético.
En algunos casos, quizás
este accionar tenga su origen en un sentimiento íntimo de inferioridad, o
asuman esa conducta con la malsana y perezosa intención de aventajar a otros
semejantes —por lo general más capaces y laboriosos que ellos— para obtener un mejor
reconocimiento en el grupo de pertenencia. Cuanto menos informal sea la
organización donde se hallen, mayor será el daño ocasionado por estos
individuos.
Este panorama se torna
deleznable cuando tanto el subordinado como el supuesto líder son obsecuentes
ambos. En estos casos, el resultado será fatalmente malo para cualquier grupo
humano que los cobije. El jefe obsecuente no podrá entender la conducta de
ninguno que no aplique la obsecuencia ciega hacia su persona. Automáticamente
verá en él una amenaza a su liderazgo: nada peor para un vicioso que la virtud en
un subalterno.
Hay veces en que el
obsecuente cree que brinda sus favores a alguien menos capacitado que él, con
lo cual siente un íntimo regocijo al pensar que, mediante sus artilugios de
manifiesta obediencia y recepción de favores, maneja desde las sombras la
situación. En verdad, los hechos se suceden por mera casualidad.
He visto como algunos pobres
diablos tratan de hacer méritos mediante obsequios desmesurados a sus líderes;
cuando en realidad debiera ser al revés, pues quien obtiene un mayor beneficio
de un buen resultado es quien está a cargo y —por tal razón— debiera estar
agradecido a todos aquellos que lo hicieron posible.
Existe desde aquel
pequeño alumno mediocre, que entrega un regalo exagerado a la maestra, en busca
de buenas calificaciones, hasta el empleado que se tira de cabeza a un pozo
lleno de barro, para socorrer a su jefe, que ha tropezado dentro del mismo, en un
afán desmedido por lograr un evasivo aumento de sueldo o un inmerecido ascenso.
La Argentina —como todos sabemos— es un país extraño. En él la norma es la anomia, razón
por la cual, las artes de la obsecuencia son favorecidas.
En algunos raros casos,
donde no se practica este fenómeno, tal situación se debe a que el subalterno
es un familiar cercano de alguien con mucho poder. En estos casos resulta
gracioso ver al jefe prodigando favores al subalterno.
Por estas razones, me
resulta verdaderamente cómico escuchar esos argumentos sobre el reconocimiento
recibido por este Fulano, o aquel Mengano, en función a su gran capacidad y
logros obtenidos, cuando en realidad me consta que los personajes premiados
sólo son mediocres… y obsecuentes.
El accionar de los
obsecuentes torna muy difícil para el virtuoso encarar actividad alguna con un
nivel de éxito significativo. Alcanzar un resultado, que luego pudiese depararle
algún tipo de reconocimiento, le resulta una empresa casi imposible: no está
preparado para resistir las argucias y zancadillas que le propinará el otro. Una
situación que pudiera resultarle favorable y ser visible a los ojos de todos,
no pasará desapercibida para quien pueda sentirse amenazado en su impericia o
falta de capacidad.
En su argumentación
para desmerecer al laborioso nunca faltarán argumentos: demasiado celo por su
profesión que le impide ver la realidad con mayor claridad, tener un mal
carácter, ser egoísta, ser petiso, ser gangoso, o ser negro.
Por eso, algunos pobres
a los que en el reparto de dones les fue mal, sabedores de sus límites, finalmente
no les quedará más remedio para progresar que hacer méritos y congraciarse con
sus jefes. Y como saben de antemano que no tienen la capacidad intelectual para
merecer ascensos, el único camino que se les ocurre es el de la obsecuencia.
Pero —como decía mi
abuela—, “más vale caer en gracia, que ser gracioso”; por lo que a veces más
que lograr sus fines, estos desdichados ponen aún más en evidencia sus
limitaciones y terminan haciendo el papel de bufones.
Entre los de su especie,
su arsenal está pletórico de las artes de la calumnia y el chisme; armas que
utilizan con predilección sobre aquellos otros a los que su pobre razonamiento
hace ver como rivales que deben vencer.
En este juego maléfico
rápidamente recibe buenas dosis de su propia medicina, aplicada por parte de
otros obsecuentes como él: estas dosis suelen ser fatales sobre él. Por el contrario,
para quienes no necesitan mentir sus capacidades —pues son evidentes— esos
ataques sólo les causan un daño momentáneo; aunque tal benignidad es cierta solamente
si tuvieren otra oportunidad para mostrar su valía, entonces demostrarán tal
equívoco y —en este caso— será el obsecuente quien terminará cuestionado.
Pude observar que
generalmente se forma una pareja inseparable: el obsecuente y su jefe mediocre.
En este nefasto dúo, uno de ellos se encarga de obtener todo tipo de
información que desmerezca a sus compañeros, es el alcahuete, lo que es utilizado luego por el
otro para cortar cualquier posibilidad de reconocimiento hacia alguno de sus
dirigidos, en especial aquel que pudiera eventualmente convertirse en
reemplazante suyo, o —lo que es peor— pudiera poner de relieve su poca
capacidad para ocupar esa posición de privilegio. A cambio, prodiga escasos
beneficios al obsecuente que le hace tal favor.
Si un obsecuente
progresa, junto con él progresará su metodología de trabajo. Malos días le
esperan a esa organización. Y aunque —por incompetente— finalmente el obsecuente termine relevado, habrá
ocasionado ya un grave daño a todos.
También me consta que,
en otros casos, la obsecuencia es una burda actuación a tiempo completo, pero dirigida
hacia un fin determinado: la obtención de un favor.
Esto es muy común en la
política, donde la gente se arrima a los políticos con el solo fin de obtener
un beneficio dado, que bien puede variar desde una pensión o subsidio, hasta
una beca de estudio para un hijo o la asignación de una vivienda en un plan del
gobierno, o aún un puesto de trabajo —aunque más no fuera temporario— para
alguno de la familia.
En esas personas su
lealtad hacia los postulados y objetivos que defiende ese político durará lo
mismo que la paciencia que tengan para esperar por aquel beneficio. Llegado a
ese punto, para el logro de su meta, el obsecuente se venderá al mejor postor.
Un sistema basado sólo
en el liderazgo de aquellos mejor dotados daría como resultado una maquinaria mucho
más eficiente, para el regocijo y lucro de los accionistas o dueños, por lo que
estos potentados deberían lamentarse de que en sus empresas abunden los
obsecuentes…
lunes, 3 de septiembre de 2012
A los españoles
Tengo la dicha de contar, entre quienes frecuentan este
blog, a muchos colegas de la Madre Patria. Noto en ellos,
casi sin excepción, preocupación por su actualidad y por su futuro. Y no son los
únicos que padecen ese tormento, por desgracia.
Es entendible.
Por ello, para graficar mis
pensamientos sobre su situación, se me ocurrió pensar en algo de honda
tradición peninsular: la tauromaquia. El pueblo español, puedo imaginar,
se ha convertido en el toro de lidia; de hecho, es sabido que idolatran esa imagen vigorosa.
Digo que hoy puedo ver a ese
pueblo identificado con tal animal, pero dentro de un ruedo, enojado, en la acción de
embestir a un imaginario enemigo: un trapo, que lo elude, que se burla de él ante
cada arremetida. Algo que lo torna más irascible aun.
Desde sus lugares, las personas
más acomodadas tienen la posibilidad de ver el espectáculo con íntimo regocijo
y en un marco de la más completa seguridad: las embestidas no les llegarán nunca.
El infortunado toro, arremete una
y otra vez; se queja a los gritos, bufa, sin obtener progreso alguno. Para empeorar
su calvario, hay ágiles banderilleros que lo picanean sin compasión, para
hacerle enfocar su furia en heridas lacerantes, que aumentan aun más su martirio.
Hasta le envían un jinete,
montado sobre un pobre caballo, una víctima tan noble como él, que se ve obligado a mortificarle,
con un gran riesgo a su integridad y sin provecho alguno.
El torero, goza de gran
popularidad entre la gente mejor acomodada de esta plaza. Gana muy buen dinero
por sus argucias y malabares, con los que engaña al desdichado toro. Todo el esfuerzo del toro, que es inmenso, solo sirve para capitalizarlo en su propio beneficio.
Todos estaremos de acuerdo en que
al toro le cabe razón, que no merece el trato que le dispensan; hasta incluso justificaremos su actitud enceguecida y
brutal. También sabemos de antemano, cuál será el desenlace de la corrida.
Lo que me hace pensar algo muy inquietante: ¿qué sería
del torero, del circo que le rodea y del público de posición acomodada, si el toro -alguna vez- comenzara a pensar
con lucidez y luego actuase en consecuencia?
Etiquetas:
pensamientos
Ubicación:
España
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