domingo, 27 de abril de 2014

Extraña música



A todos los chicos nos agradaba el sonido que emitían los mármoles blancos que separaban los mingitorios de nuestra escuela primaria.
Esas piezas, que en sus orígenes habrían sido de un mármol blanco y que, debido al uso cotidiano y el paso del tiempo, se había decolorado hacia tonalidades más amarillentas, sonaban musicalmente cuando con nuestras pequeñas manos los golpeábamos de lado y los hacíamos vibrar.
Estos divisorios rectangulares se hallaban empotrados en una sola de sus caras, en una pared de friso de cemento, una superficie donde caía incesantemente un flujo de agua corriente (proveniente de los orificios de una cañería horizontal) que —supuestamente— se encargaba de mantener limpio el lugar.
Cuando teníamos el tiempo suficiente (y estábamos sin la presencia de maestros o de autoridades de la escuela cerca) una cita obligada consistía dar una carrera de punta a punta del baño, mientras golpeábamos sucesivamente cada mármol divisorio. Sonaban de  maravilla.
Más tarde, en algunos colegios secundarios, tuve la oportunidad de ver que varios de estos divisorios habían sido destruidos, quizás a manos de algún desaforado que los golpeó en sus bordes, más fuerte de lo debido, o los pateó hasta partirlos.
No hay caso, durante la adolescencia no se aprecia la buena música.

sábado, 22 de marzo de 2014

La partida del Rastrojero



Aquella tarde de enero, con gran entusiasmo, junto a mis primos Hugo y Laura, cargamos los equipajes y demás enseres en el viejo Rastrojero Diésel.
Eran los preparativos para la inmediata travesía nocturna que les esperaba y que tenía como destino final al balneario Costa Azul, situado en la costa atlántica.
Como primera medida, apoyados sobre el piso de madera de la caja de carga de aquella rústica camioneta, se habían colocado los colchones. Elementos valiosos y necesarios para el nutrido contingente familiar. Sobre ellos, varias frazadas, un abrigo necesario para sobrellevar el frío nocturno de la ruta (pues recién habrían de llegar a destino por la mañana siguiente) y debido a lo exiguo de la cabina, algunos de los pasajeros deberían realizar el viaje y pernoctar allí.
Para protegerse de la intemperie, se había instalado el correspondiente cubre cargas, consistente en una loneta rústica del tipo “Pampero”, que de tan ordinaria resultaba ser “más dura que gallo al horno”, bromeaba mi tío Eduardo.
En esa misma jornada, aunque bastante más temprano, había observado como mi tío Julián se daba a la tarea de verificar el estado mecánico de tal armatoste infernal. Le había agregado a los elementos del tablero una perilla adicional, fijada al extremo de un cable de acero envainado (del tipo de los que se emplean para los frenos de las bicicletas), que en su otro extremo determinaría la posición de la barra aceleradora del motor; este adminículo le permitiría aliviar la fatiga de tener que viajar con un pie apoyado sobre el pedal del acelerador siempre en la misma posición, para transitar a una velocidad constante.
Si se tiene en cuenta que la talla de mi tío superaba el metro noventa y las dimensiones interiores de la cabina de aquel Rastrojero Diésel eran por demás reducidas, es de imaginar cual habría de ser su padecimiento físico al tener que mantenerse prácticamente inmóvil durante todo el viaje.
Esas camionetas, orgullo de la industria autóctona, se movilizaban a una velocidad no mayor a los cincuenta kilómetros por hora y no eran demasiado confortables, los  viajes prolongados eran un padecimiento para los pasajeros.
Para colmo, la ruta que los llevaría a su destino estaba asfaltada sólo hasta la mitad del recorrido, es decir hasta la localidad de Dolores, lo que obligaba a que el resto de la travesía debiera transcurrir sobre un camino de tierra o de conchilla. Tal ruta era famosa por abundar en ella el denominado “serrucho”, una irregularidad en forma de ondas pequeñas que se formaba sobre la superficie del mismo y que demolía la suspensión de aquellos vehículos que circularan por esos caminos.
Finalmente, ante el júbilo de los futuros veraneantes y los saludos alborozados del resto de familiares que los despedíamos, la camioneta bramó, escupió un humo negro por su caño de escape y partió.
Confieso que, mientras transcurrían todos esos preparativos, me consideré como una parte del contingente, ya que compartía tanto la alegría como las ilusiones de mis primos. Pero, ni bien se perdieron de vista, por la calle Solanet, tomé abrupta conciencia de que sentía dentro de mí un extraño vacío.

sábado, 4 de enero de 2014

Carta a los Reyes Magos (Reto de Mos)

De acuerdo con lo establecido en las reglas del Reto de Mos, de entre todos los trabajos presentados, he elegido aquellas dos cartas que me gustaron más.
Fue una tarea para nada sencilla, habida cuenta de la buena calidad de todas ellas.
Es por ello que los trabajos que, a mi entender, merecen mi voto son:

Para Estrella de Campoamor.
 ¡¡¡¡Queridos Reyes Magos de Oriente!!!!

Me llamo Lucía y tengo 8 años, vosotros ya me conocéis, pues cada año os escribo, sé  que tenéis mucho trabajo en estos días y ¿sabéis? tenéis mucha suerte, pues mi papá lleva muchos meses sin poder trabajar, él busca y busca pero no encuentra, sale de casa antes de irme yo al colegio y cuando regreso lo encuentro sentado en su sillón, delante de la tele, pero, la tele está apagada, yo me acerco para darle un beso y él me sonríe, pero sus ojos están tristes, ¿os cuento un secreto? mi papá llora, él cree que no lo sé, pero le escucho antes de dormirme, les oigo hablar, mi mamá le anima  diciéndole que mañana encontrará trabajo, pero mi papá le contesta:  eso mismo me dijiste ayer y hoy no lo he encontrado.

A veces me levanto y los veo abrazados llorando, hablan de no saber cómo pagar la casa, la luz...otras veces me tapo los oídos cuando les escucho gritarse, cuando se reprochan los dos que ninguno traiga dinero a casa.

Últimamente apenas se hablan, ya no los veo abrazados, mi papá ya no sale a la calle y muchos días viene una vecina a traernos comida, entonces mi mamá la abraza y llora, mientras mi papá está acostado, le ha crecido barba, me pincha su cara cuando le doy un beso, ya no me mira...me chilla diciéndome que le deje en paz, yo no sé porqué, sólo quiero abrazarle y decirle que le quiero.

Mi mamá siempre está enfadada con él y yo intento no causarles problema, voy al cole, hago los deberes y por la tarde, salgo a jugar a la calle aunque no tenga muchas ganas, cuando no estoy discuten más, por eso subo pronto, al subir por las escaleras oigo sus voces y me dan miedo porque se dicen palabras muy feas, cuando llego se callan y hasta a mi han dejado de hablarme, ¿qué es lo que he hecho mal?, ¿porqué se enfadan conmigo?.

Ya no me preguntan qué tal voy en el cole o que estudie y haga los deberes o que vuelva pronto a casa y tenga cuidado al cruzar, ya no me cuidan como antes, no me abrazan ¿será que ya no me quieren?.

Mis queridos Reyes Magos, os cuento todo esto para que no os extrañe que este año no os pida juguetes, este año sólo os pido que mis padres vuelvan a quererse y  si tenéis algún trabajo para mi papá también lo traigáis.

Muchas gracias por leer mi carta, os doy un besito para cada uno.
Lucía.
Muestra la ternura de una niña pequeña apenada, que es consciente de los problema hogareños y busca resolverlos con la ayuda de los Reyes Magos.
Y para Jorge del Nozal.
Queridos Reyes Magos:
¿Por qué no escucháis mis peticiones?,  llevo toda la vida pidiéndoos lo mismo y vosotros toda la vida ignorándome. Yo nunca suplique nada para mí, solo quería que concedierais a los demás lo que os pedían de corazón.
Pero yo sigo viendo gente triste, enfadada, sin ilusión, con hambre, sin trabajo, que lloran, que nunca ríen,  que…
Este año por primera vez voy a pedir algo para mí, y si no me lo concedéis, me enfadare mucho y no volveré a escribiros, ¡vosotros veréis!.
Os pido, que espolvoreéis por el mundo, la magia de la esperanza y de la confianza, para que aprendamos a ser felices con lo que tenemos, mientras esperamos vuestro regreso el próximo año.
Atentamente.

                             Jorge.
  
En este caso, la solicitud se torna en reproche, habida cuenta de la falta en el mundo de la esperanza y la confianza. Dos actitudes vitales e imprescindibles para poder revertir la situación.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Carta a los Reyes Magos



Queridos Reyes Magos:
Como sucede todos los años, llegados estos días me pongo a redactar esta carta, donde les solicito mi regalo.
Ya saben de sobra lo que quiero, pues no soy muy original, ni materialista; aunque debo reconocer que soy bastante egoísta.
Aprovecho para agradecerles mucho por haberme concedido mi último pedido, aun dispongo de suficiente para la semana próxima, si Dios quiere.
Nunca me fallaron, pese a lo insólito de mi requerimiento.
Con gran esperanza, aguardo su regalo, que espero dure otros trescientos sesenta y cinco días.
Los quiere mucho.
Don Carlos.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Las Fiestas




Al llegar diciembre, eran comunes las rifas que organizaban los comerciantes del barrio, quienes vendían los números para el sorteo entre su clientela. El premio solía consistir en el contenido de una canasta de mimbre, colmada de productos navideños; esto entusiasmaba a más de una dueña de monederos flacos. Para determinar al ganador, se consideraba el resultado del sorteo del “Gordo de Navidad”).
Entre los chicos, a su vez, comenzaba a trabajar intensamente la imaginación: soñábamos cuáles habrían de ser los juguetes que incluiríamos en nuestras cartas dirigidas a los Reyes Magos. Por ese entonces, Papá Noel (o Santa Claus) no figuraba en el imaginario popular ni por asomo.
Ya por esa época resultaban poco originales las caricaturas en los diarios con temas referidos a las Fiestas, lo mismo que las fastidiosas recopilaciones de noticias, supuestamente trascendentales, ocurridas en los últimos doce meses. A esa tendencia nostálgica de corto plazo se sumaban diversos programas en la televisión, en especial los de noticias. Igual que ahora. Ni qué decir del bodrio de soportar —sistemáticamente y desde siempre— el reportaje televisivo a la madre del primer bebé nacido en el nuevo año.
Eran días que concentraban infinidad de compromisos con la excusa de despedir el año que terminaba; ya fueran almuerzos concertados entre compañeros de trabajo, hasta un asado en la casa de algún amigo o —sin duda alguna— el hecho más trascendente de todos: las reuniones familiares. Estas reuniones eran un momento irrepetible del año, pues en esas veladas se lograba reunir a toda la familia frente a una mesa.
Durante las celebraciones de Nochebuena y Fin de Año, las mesas rebosaban de una comida de lo más variada; la mayoría de los preparados eran de factura casera, pues las mujeres se esmeraban en preparar aquellos platos que mejor aceptación tenían entre los comensales. En el menú no faltaba nunca un vitel thoné, ni la jarra enorme, regalo del casamiento, con un poderoso clericó dentro.
Para enfriar tanta bebida, se compraba una barra de hielo, que se picaba en pequeños trozos, los que se disponían dentro de un recipiente de gran tamaño (por lo general la pileta del lavadero o un lebrillo grande, de chapa galvanizada) donde se acomodaban las botellas de la bebida: atiborraban ese espacio sifones, gaseosas, cerveza, vino, sidra y la infaltable champaña; todas ellas convenientemente tapadas con una bolsa de arpillera, para conservarlas bien frías.
Casi siempre la cena se organizaba de un modo tal que toda la gente menuda comiese en primer término y dejara desocupados los lugares en la mesa, para que entonces los mayores pudieran cenar con relativa calma, ya que resultaba imposible contener al piberío exaltado.
Nuestro paso por la mesa era siempre fugaz, ya que por causa de la excitación que sentíamos al encontrarnos todos los primos juntos, mas el aliciente de los juegos con pirotecnia, no veíamos la hora de finalizar nuestros platos de comida para poder huir de la mesa.
Los mayores —en cambio— se tomaban su tiempo para realizar la ingesta de la copiosa y variada comida, acompañada por la fría bebida, y en ese ritmo cansino prolongaban la sobremesa hasta bien entrada la madrugad. Todo esto transcurría mientras en el aire sonaban sin cesar aquellos tangos, desde el omnipresente combinado. De este modo, tenían una presencia predominante en nuestras reuniones los viejos éxitos de Gardel y los temas más recientes del “Gordo” Troilo.
Cuando los relojes indicaban la inminencia de la llegada de la medianoche, todos nos reuníamos ansiosos a la espera de la llegada del nuevo día, que nos traería la Navidad o el Año Nuevo. Cual si fuera un hecho trascendente en nuestras vidas, todos estábamos muy atentos de festejar en el instante mismo que los relojes indicaran las cero horas.
Entonces, todos nos abrazábamos y dábamos un beso, deseándonos lo mejor para esa Navidad o el año que se iniciaba, de inmediato se realizaba el brindis de rigor y comenzábamos a degustar las delicias de la mesa dulce.
Ahí nos esperaban las frutas secas, el pan dulce, las peladillas, los turrones y las garrapiñadas de maní.
Más de una puerta quedaba desencajada, con sus bisagras maltrechas, a causa de que algún pícaro comenzaba a romper las nueces apretándolas entre los marcos de esas aberturas.
En esas noches era infaltable que alguno de los chicos se quemara algún dedo con los petardos, o se diera un golpe contra algo, y generalmente lo hacía con la cabeza. De inmediato, las mujeres le aplicaban manteca sobre la zona afectada, supuestamente para refrescar el dolor y evitar el inevitable chichón.
Siempre alguno de la familia se ponía alegre a causa de un trago de más. Y siempre aprovechábamos los pibes para beber a hurtadillas de algún vaso casi vacío con cerveza, sidra u otra bebida alcohólica.
Debido a las altas temperaturas, propias del verano, las reuniones se organizaban al aire libre, generalmente en los patios de las viviendas. Por ello, la posibilidad de una lluvia inesperada (que aguase los festejos) siempre era temida. Aunque, a decir verdad, era raro que se diese tal situación meteorológica.
Los puestos de venta de pirotecnia abundaban, y su adquisición resultaba libre. Para ello existían diversos lugares de venta en el barrio, como podían ser: almacenes, o jugueterías, o quioscos caseros, o bien hasta en improvisados despachos consistentes en una mesada construida por un par de caballetes y un tablón de madera apoyado sobre ellos, todo dispuesto sobre la vereda del frente de una casa. Esas noches de vigilia de Navidad y Año Nuevo, estas mesas permanecían atendiendo al público hasta que agotaban sus productos.
Otro hecho característico eran esas noches pletóricas de insectos voladores de todo tipo, pues abundaban los cascarudos, las polillas, langostas, grillos y —sobre todo— las llamadas “cotorritas”, unos insectos diminutos color verde de un formato similar a langostas, pero sin las características patas desproporcionadas que poseen aquellas para darse impulso en sus saltos. Estos pequeños bichos solían picarnos las partes expuestas de piel, al igual que los infaltables mosquitos zancudos.

Vale aclarar que no todas las familias celebraban estas festividades de la misma manera: con excesos en las comidas y las bebidas. A tal efecto, recuerdo que una noche de fin de año, mientras nuestra familia materna festejaba en casa de mi abuela, en el frente de la casa, sobre la vereda de aquella propiedad, notamos que estaban mirándonos —desde la penumbra— unos chicos de la barra, los más pobres quizás entre todos.
Uno de ellos, de nombre José, tenía su mano vendada; puesto que, en un accidente ocurrido días antes en su trabajo en una panadería, había perdido las dos últimas falanges de los dedeos índice y mayor de su mano derecha. Tendría diez años.
Esta circunstancia desafortunada nos causaba aprensión y en mi caso particular, no soportaba ver aquella manito con las amputaciones.
Tengo presente que aquella noche les fue convidada comida y bebida...

domingo, 1 de diciembre de 2013

El desagravio (audio)

Es para mí un inmenso honor que, en La taberna del Callao, Javier Merchante haya puesto su voz e hiciera la ambientación de un texto mío.
Ha realizado estas tareas con grado profesional y generosamente. Como resultado, se destacan sus dotes de maestro y actor.
En mi humilde opinión, ha realizado una excelente interpretación.
Invito a todos a que visiten su blog, que notarán es magnífico.
Para escuchar este "discurso", adjunto el enlace correspondiente

miércoles, 6 de noviembre de 2013

De velorio


Hoy a la mañana, sonó el teléfono de casa, trajo malas noticias: falleció Pedro Gonzaletti.
Me llamó Pepe Fantagasi, uno de los muchachos de la oficina quien, junto a Pedro, aun no ha alcanzado la jubilación.
Recuerdo que me dijo:
- Se nos fue Pedrito, macho. Lo velan en Canalejas 7769, primer piso. Se lo llevan a las cuatro, apurate.
- Gonzaletti, el bonachón de Gonzaletti…
Tipo callado, tímido; pero que se prendía siempre al grupo de los jodones. De risa contagiosa, festejaba las ocurrencias más insólitas; si hasta hacía que viéramos al amargo de García como un gracioso consumado…
Y así, con una gran tristeza en mi alma, llego a la puerta de la casa velatoria, me dirijo al primer piso por la escalera y entro a la sala.
Está llena de desconocidos. Sin dudas, familiares y amigos diversos de Pedro. A su mujer, la habré visto por última vez hará quince, veinte años…
Está muy avejentada, gorda y teñida de rubio. Se esconde tras unos anteojos negros enormes. Me parece que no me reconoció. Pobre.
Para juntar coraje y poder ver a mi amigo sin descontrolarme, trato de ambientarme.
Alguien ofrece una copita de anís, la acepto y me acerco a un grupo, que habla por lo bajo. Quizás me cuenten cómo fue.
Un gordo setentón, pelado y con mostachos dice:
- ¡Qué barbaridad!, ¡vean qué modo de partir!
- Se veía venir, Doctor Donati, lo perdió uno de sus vicios. - Dijo un dientudo, de ojos diminutos y vestido con un traje cruzado.
Al escuchar esa palabra, una sensación de maliciosa curiosidad recorrió mi cuerpo: ¿qué vicios? Yo no le conocía ninguno. Por caso, al pobre Gonzaletti nunca lo vi fumar...
- Clago. Guecuguentemente, se tomaba sus copitas de ginebga. - Acotó un petiso gangoso.
- Y mejor no hablar de su conocida ludopatía. Es imposible saber cuántas veces se jugó el sueldo y lo perdió. – agregó el castor.
- ¡Qué imprudencia! – Se indignó el doctor.
Y es ahora que abre la boca un morocho, para decir su primer bocadillo:
- Según la declaración del travesti, que estaba con él, se quedó muerto, como dormido…
- Incrédulo, salí a fumar un cigarrillo, mientras resonaba dentro de mi cabeza:
Gonzaletti, el bonachón de Gonzaletti…
En la puerta, fumaba Pepe Fantagasi, estaba con sus ojos brillosos. Emocionado, me dice:
- ¡Qué desgracia, macho!, ¡pobrecita la mujer y los pibes, che!
– Y, no es para menos.
- ¡Morir de esa manera!
– Terrible.
- ¿Cómo no se cuidó al enchufarlo? Era algo que hacía siempre…
- ¿En serio?
– Pero, ¡si lo hacemos todos!
– No, yo ni en pedo.
- ¡Dale, boludo!, a vos, ¿quién te va a cambiar las lamparitas quemadas?
- ¿Eh?
- Por culpa de ese velador de mierda, en cortocircuito, lo perdimos a Gonzaletti.
- Perdón, ¿en qué piso lo velan?
– En el primero, como te dije, al fondo.