Con gran alegría, los estudiantes llegamos a nuestro
destino: el Cerro Catedral.
Entonces, para el ascenso al cerro, se nos
presentó una disyuntiva: emplear los medios de ascensión consistentes en un servicio
de aerosillas de dos etapas, o trepar por la ladera de la montaña. El alto
costo del servicio de aerosillas determinó que la gran mayoría de nosotros
optara por la alternativa de ascender por nuestros propios medios.
Pensamos ahorrar el costo del elevador hasta la
primera etapa, donde tomaríamos el medio de elevación, para subir sin esfuerzo la
segunda parte de la montaña, aquella de mayor pendiente y dificultad.
Sin mucha demora se formó un gran grupo de
entusiastas escaladores, mientras algunos pocos muchachos quedaban a esperar su
turno para subir a la aerosilla.
A menos de diez minutos de iniciar el ascenso, soportamos
el ahogo que causaba el esfuerzo de trepar. Con demudado gesto, observamos que apenas
habíamos elevado unos escasos metros, en nuestro largo camino a la cima. No
había caso, ya era nuestra única opción.
De modo que seguimos en nuestro penoso ascenso,
mientras matizábamos la fatiga con la alegría de compartir nuestra experiencia
con los demás escaladores improvisados.
Casi de inmediato sentimos la gritería y los
saludos de aquellos compañeros: cómodamente sentados en sillas, pasaban por
encima de nuestras cabezas. No faltaron las chanzas entre ambos grupos.
Poco a poco notamos como asimilábamos la fatiga
que causaba tal esfuerzo. Los resbalones y los consecuentes golpes, no
escaseaban en nuestra travesía, lo que nos obligó a ser más precavidos.
Por fortuna, nos comenzó a rodear un bosque
cerrado, que impidió observar hacia abajo y desilusionarnos si el avance era
escaso.
En un momento determinado, nuestro camino
ascendente nos introdujo en el interior de una nube que atravesaba al cerro.
Constatamos que solo se trataba de una zona con una neblina bastante cerrada,
que mojaba la superficie de nuestras ropas. Esto dio motivo a más de un chiste
acerca de haber llegado al cielo, al paraíso y tantas otras ocurrencias propias
de adolescentes. Las paradas para reponer fuerzas significaban una negociación
entre los integrantes del grupo, habida cuenta que no todos soportaban de igual
manera la carga física que ocasionaba el ascenso.
A medida que el esfuerzo se hacía notar en el
cuerpo, se escuchaban voces: preguntaban si faltaba mucho, si alguno de
nosotros divisaba donde se encontraba el puesto de la aerosilla y toda una
serie de inquietudes acerca de si estábamos por el camino de ascenso correcto,
si nos habíamos perdido entre la arboleda, etcétera.
El temor a errar el camino hacia nuestro
destino prefijado y que todo el esfuerzo —o gran parte de él— fuese en vano nos
atormentaba las mentes.
Demás está decir que la línea recta que seguía
la traza del sistema mecánico de elevación difería en mucho del camino
zigzagueante que debíamos seguir a pie.
Ya hacía bastante tiempo que nos habíamos
provisto de ramas, adaptadas como bastones improvisados para que facilitaran
nuestro ascenso. Las paradas para descanso motivaban que más de uno debiera
descalzarse y verificar la presencia de ampollas en sus pies y otras
calamidades por el estilo.
¡Por supuesto que no estábamos preparados ni
equipados para una empresa de tal envergadura!
Al cabo de un tiempo, se formaron grupos más
pequeños de excursionistas. Estos grupos bien podrían ser conformados por
amigos que se fijaban un ritmo determinado que difería al del resto de los
muchachos, o tener su origen en diversas limitaciones físicas de sus
integrantes.
La respiración y las pulsaciones se habían
estabilizado hacía rato. A estas altura, ya sin ningún disimulo envidiábamos a
aquellos que se habían librado del penoso ascenso.
Notamos como -de a poco- la vegetación que nos
circundaba era cada vez más rala.
Ya los grupos estaban dispersos cuando pudimos
divisar nuevamente al sistema de elevación de aerosillas. Y lo más importante
de todo: la estación de relevo del mismo, punto final de esta primera etapa de
nuestro ascenso.
Aquellos que teníamos mas resto físico sacamos
fuerzas de flaquezas y emprendimos una frenética carrera hacia ese lugar de
promisión.
Sin lamentar para nada cada uno de los pesos
gastados, sacamos nuestros boletos para encaramarnos en las sillas y poder
llegar al deseado punto en la cima, donde ya estarían desde hacía rato nuestros
compañeros más pudientes, o —quizás— más holgazanes.
Recién entonces comprobamos que fácil puede ser
el ascenso cuando uno posee la ventaja de no tener que contar únicamente con su
esfuerzo físico.
Para su desgracia, no todos pudieron seguir
nuestro aliviado camino. Ya fuera porque alguno no tuviera el dinero suficiente
para pagar este servicio —ya esencial— o una persona de su amistad que pudiera
facilitárselo.
Una vez que alcanzamos el punto más elevado de
nuestro viaje nos dedicamos a perder el tiempo y a jugar con la nieve acumulada
en un parche de escasas dimensiones; y lo que fue más reconfortante de todo:
sacar gran número de fotografías de las vistas panorámicas que se podían
apreciar desde ese lugar. Es maravillosa la experiencia de visualizar los
valles y lagos desde un punto tan elevado como la cima del Cerro Catedral. Da
una sensación de omnipotencia incomparable.
El descenso resultó una tarea muy fácil, no se
necesitó ayuda.
No hace mucho tiempo que me dí cuenta de que
tal experiencia bien podía ser una metáfora del progreso y ascenso social de
una persona.
Con buen dinero en el bolsillo, todo resulta más fácil.