sábado, 17 de marzo de 2012

La duda persistente

A ese miedo infantil.
No se me olvidará jamás el entusiasmo que me embargó aquella tarde, cuando Pascualito me invitó a pasar el fin de semana en su casa de los suburbios. Y mucho menos se me borrará de la memoria la serie de acontecimientos que pasé durante mi estadía en aquel lugar.
Pascualito era uno de los nietos de una vecina nuestra, Doña Teodolinda, y había venido a quedarse una temporada con ella, poco después de que esta señora enviudase; supongo que los padres de mi pequeño amigo querían que la mujer tuviera la mente ocupada con la responsabilidad de cuidar al nieto y con ello no se sintiera tan sola. Además, según comentó alguna vez mi madre, a los padres de Pascualito les había resultado imposible hacer que esa mujer dejara su casa y se mudara a vivir con ellos.
Increíblemente para mí, mis padres consintieron de inmediato a la propuesta que les llevé; pensé que me lo permitían al observar mi entusiasmo y convencidos de que no podrían negarme tal deseo sin exponerme a sufrir una frustración, hoy –en cambio- creo que ya lo tenían arreglado de antemano. No era para nada frecuente que yo me ausentara de mi hogar para pernoctar en otros lugares, a excepción —claro— de mis periódicas estadías en casa de mi abuela materna, donde me sobraba el cariño y me faltaba la libertad para realizar cualquier tipo de aventura, de esas que los mayores consideraban travesuras. Mi abuela era más temerosa que mi madre a la hora de permitirme salir a la calle y arriesgarme a que sufriera un accidente o cualquier otro hecho infortunado que pudiera afectarme.
Ese mismo día comencé a pensar el listado de juguetes que habría de acarrear durante mi paseo. Por supuesto que mi madre se encargaría de prever las demás cosas necesarias para mi manutención, que abarcaran desde un par de medias limpias hasta mi cepillo dental.
Con la lentitud que era de esperar para un chico de mi edad, pasaron uno a uno los días restantes de aquella semana, hasta que por fin amaneció el sábado esperado, fecha en que iba a viajar hasta la casa de Pascualito.
Esa mañana nos movilizaríamos en una vieja camioneta que tenía Don Pascual, el padre de mi amigo; creo que era una de la marca Plymouth, pintada de un color celeste ceniciento, con sus guardabarros negros y la caja de carga de madera que alguna vez había sido barnizada. Como era rutina, para lograr que arranque el motor debió renegar un buen rato. Cuanto más tardaba, más se irritaba Don Pascual y más aumentaba mi ansiedad, no fuera el caso que al final de todo no arrancase y tuviera que quedarme sin paseo…
En ese trabajo incluso mi padre le ayudó, dándole a la manija de arranque varias veces. Finalmente, ese vetusto motor se dignó a arrancar y así respiramos aliviados todos.
En la cabina de ese vehículo podía observar la palanca de cambios ubicada en el centro del piso, justo en frente a mis piernas, a mi derecha iba Pascualito y del lado de la ventanilla, su abuela. Dicha palanca estaba rematada con una perilla de plástico transparente que poseía unos círculos de vivos colores adornado su periferia. Cuando Don Pascual ponía la camioneta a no sé que velocidad, yo debía torcer una de mis piernas para evitar que la palanca me golpease o que yo pudiera empujarla y hacer que saltara dicho cambio.
Era pleno invierno, por tal razón viajamos con las ventanillas cerradas y con la toma de aire (que había ubicada en frente al parabrisas) apenas abierta, de modo que permitiera una circulación de aire fresco por el interior del vehículo y evitara que se empañasen los cristales, por causa de nuestra respiración.
Desde que salimos y hasta que llegamos a destino nos pasamos todo el tiempo de charla con mi amigo. Hacíamos planes, tantos como si mi estadía en su casa fuera a ser de por lo menos un mes. Imagino cuanto se habrá divertido Don Pascual con los razonamientos y preocupaciones que ocupaban nuestra mente durante ese viaje.
Al llegar a destino fuimos recibidos por Doña Clara, la madre de Pascualito y sus hermanos mayores: Pepe y Anselmo. Estos muchachitos nos ayudaron a bajar los bártulos que llevábamos, en especial el pesado bolso que había preparado mi madre.
La casa era uno de los típicos chalets que poblaban los suburbios de Buenos Aires, con su techado de tejas españolas a dos aguas, la entrada enmarcada dentro de un porche que daba cierta elegancia a la construcción y un par de ventanas que permitían iluminar y ventilar el dormitorio y comedor de la vivienda sobre el frente de la construcción.
Don Pascual tenía en esa casa un perro ovejero alemán enorme, que respondía al nombre de Falucho; ni bien llegué comenzó a olerme del modo más molesto e insistente, lo que motivó que su amo lo llamara al orden e hiciese que se aleje de mí. Inmediatamente, el animal le hizo caso y yo sentí un gran alivio, ya que por esa época les tenía cierta aversión a los perros grandes.
Ni bien me liberé de la tarea de acomodar mis cosas en el dormitorio que ocuparía junto a Pascualito salimos a la calle en busca de sus amigos de aquel barrio.
Los encontramos en un potrero que había a una cuadra de distancia, donde estaban todos ellos enfrascados en uno de los tantos interminables picados de fútbol, limitados a que uno de los equipos alcanzara los doce goles de costumbre. Pascualito pasó a formar parte de uno de los equipos y yo comencé a jugar en la otra divisa. Debo confesar que mi equipo era el más débil de los dos y en eso mi amigo me aventajó al elegir con conocimiento al mejor conjunto.
Por suerte no había llovido desde hacía tiempo y la canchita no estaba embarrada, caso contrario, bien pronto hubiera puesto a la miseria la poca ropa con la que contaba. Ya mi madre me había advertido que no me ensuciara.
Entre los chicos la conversación predominante versaba sobre el problema que había tenido uno de la barra, de nombre Caleto, que padecía no sé bien qué enfermedad o sufrido qué accidente que le imposibilitaba estar con nosotros jugando a la pelota.
Al poco rato (siempre parece exiguo el tiempo de los juegos), apareció Pepe llamándonos para que ya dejáramos el juego, pues la comida estaba lista para el almuerzo.
Sin demora nos despedimos de los otros chicos, con el compromiso de reunirnos más tarde para proseguir nuestros juegos e iniciamos el retorno hacia la casa de Pascualito.
Tras higienizarnos en la pileta del lavadero, pasamos al comedor de diario donde Doña Clara nos esperaba con unos suculentos platos de sopa, hecha con mis fideos favoritos: “ojitos de perdiz”. Sin dudas, mi madre le había aconsejado bien acerca de mis mañas y preferencias.
El plato principal, como no podía ser de otra manera, fueron milanesas con papas fritas, mientras que para el postre había frutas de la estación. Elegí una mandarina, lo que me obligó a tener que lavarme las manos al finalizar la ingesta, ya que quedaron pringosas y olorosas, a causa de esa fruta.
Acto seguido, nos fuimos con Pascualito a hojear unas revistas de historietas que tenía en su pieza; recuerdo que se me iban los ojos del entusiasmo ante ese material nuevo para mí. Pronto dimos cuenta de todas ellas, entonces mi amigo me comentó que tenía más revistas de ese tipo guardadas en el altillo del chalet, pero que era mejor no subir a buscarlas. No entendí que quiso significar con eso, de modo que pronto comenzamos a entretenernos jugando con unos soldaditos plásticos que tenía guardados en un bolso.
Con desazón observamos como se había comenzado a nublar la tarde, con amenazas de lluvia. ¡Justo hoy que vengo de paseo se va a arruinar el tiempo!, pensé. Y maldije mi mala suerte.
Apoyadas nuestras cabezas sobre el vidrio de la ventana observamos como comenzaba a soplar un fuerte viento que levantaba a su paso una polvareda magnífica, mientras las nubes oscurecían el firmamento y caían los primeros goterones. El viento silbaba en el techado y las ramas de los árboles que rodeaban la casa crujían por el sacudón que les propinaba la tormenta. De golpe, Pascualito me dice: ¿Lo viste?
Yo no tenía ni idea acerca de lo que me estaba hablando. Pascualito repitió:
— ¿Lo viste o no?
— ¿A quién? Le respondí.
— Al enano, ¿a quién va a ser?
Quedé más perplejo que si me estuviera hablando de matemáticas. Yo no había visto a ningún enano escapando a la furia de la tormenta y para el caso que sí hubiera visto a ese bendito enano, no creo que la situación mereciera semejante alboroto como el que hacía mi amigo.
De pronto vi como Pascualito perdía interés por la tormenta y me pedía que vayamos a la cocina, donde estaban sus padres, para seguir jugando allí. Esa tarde seguimos jugando en la cocina, pese a que la madre de Pascualito le pidió en varias oportunidades que se fuera a jugar a su pieza, a lo que mi amigo no hizo caso, anteponiendo las más diversas excusas, como ser que la pieza estaba más fría, que la iluminación en la cocina era mejor o que la mesa del comedor de diario era más cómoda para jugar con los soldaditos que el piso de la pieza, etcétera. No dejamos de practicar nuestros juegos sobre esa mesa sino hasta que llegó el momento de la merienda. En ese preciso instante aparecieron los dos hermanos de mi amigo, que estaban entretenidos en el galpón que había a los fondos de la casa, donde trabajaban en la reparación de una motocicleta que habían comprado recientemente.
Mientras tomábamos el reglamentario café con leche, acompañado por tostadas untadas con manteca y mermelada miramos en el televisor las conocidas películas de aventuras que siempre se daban en el famoso ciclo “Sábados de Súper Acción”, del canal once.
La tormenta ya había pasado, con mucho viento y poca lluvia. Quedaba una tarde ya muy oscura y fría que nos impidió cumplir con nuestro compromiso de proseguir los partidos de fútbol con los amigos de Pascualito.
Mientras nos lamentábamos por este suceso, mi compinche de juegos me confió lo siguiente: el enano que había visto esa tarde era el mismo sobre el que habían hablado en la barra, "era el que lo había atacado a Caleto", susurró.
Para mis adentros pensé que por qué no lo denunciaban a la policía y listo. Ya lo agarrarían a ese maldito tipo y entonces lo meterían preso para que no moleste ni le pegue a los pibes.
Como adivinando lo que pensaba, mi amigo me confió que nadie sabía dónde vivía ni cómo se las ingeniaba para aparecer de golpe en cualquier lado y desaparecer luego con la misma misteriosa facilidad. Además, solo lo podían ver los pibes, sólo por un instante y por el rabillo del ojo, pues ninguna persona mayor jamás lo había visto.
Me pareció que por esos pagos la imaginación de los pibes era bastante más desarrollada que entre los de mi barrio y que tales supersticiones ya habían influenciado también a mi pequeño amigo.
A medida que iba anocheciendo, el entusiasmo de Pascualito se iba apagando también.
Sobre un costado de la cocina estaban algunas revistas de Pepe y Anselmo: se trataba de algunos ejemplares de El Gráfico y del Álbum Intervalo, de modo que, las llevamos a la pieza de mi amigo y allí, tirado sobre una cama, comencé a leerlas mientras que Pascualito releía por enésima vez sus propias revistas. Calculo que esta conducta era el resultado de que los hermanos se mezquinaran las revistas entre sí.
De tanto en tanto soplaba alguna ráfaga de viento que agitaba la arboleda, situación que sobresaltaba a mi amigo, quien según pude apreciar (con disimulo) detenía su lectura y miraba hacia la ventana.
En un momento dado se escuchó un estrépito en la casa que hizo dar un salto en la cama a Pascualito: era el motor de la moto de sus hermanos que había arrancado al fin. Ni bien se percató de ello, mi amiguito comenzó a reírse de sí mismo, mientras me decía que se había asustado por culpa de ese ruido, pues la presencia del enano por los alrededores de la casa lo tenía bastante preocupado.
No aguanté más y le dije que se dejara de joder la paciencia con el asunto ése del enano maldito, Blancanieves, el Infeliz de los Ranchos y la Verruga con Patas. Ocurrencia mía que más que enojarlo le causó tanta gracia que se largó a reír con todas sus ganas. Contagiándome a mí. Veo ahora cuan asustado estaba entonces.
En estas disquisiciones estábamos cuando nos sorprendió la hora de la cena. Ya se me había ido el primer día de visita. ¡En un santiamén!
La cena consistió en unas empanadas caseras que fueron una delicia, fritadas en grasa bobina, manjar que por esos años no causaba en mí ningún daño. De postre la dueña de casa había preparado un flan, del que —por suerte— fui poco menos que obligado a repetir porción.
Ni bien terminó con la rutinaria tarea de asear los trastos de cocina, Doña Clara nos preparó las camas para que fuésemos a acostarnos a dormir y evitáramos un seguro enfriamiento en esa casa a la que, por su gran tamaño, no era posible darle una calefacción apropiada.
Entre el cansancio del ajetreado día y el frío imperante, poco tiempo nos llevó notar que nuestros ojos pedían descanso.
Si bien al principio noté las grandes diferencias existentes entre mi cama y aquella otra donde esa noche debía dormir, consistentes en la textura de las sábanas, los aromas circundantes, dureza del colchón y de la almohada, pronto me habitué a esa situación.
Lo que resultó más extraño y perturbador, por cierto, fue tomar conciencia de que en ese momento estaba muy lejos de mi familia.
Al poco rato, pude constatar que mi amigo ya estaba dormido, mientras que yo no podía conciliar el sueño. Escuchaba las voces apagadas de los familiares de mi amigo que provenían desde la cocina, así como el sonido de fondo que emitía el aparato de televisión. Esporádicamente, se podía escuchar un ruido, cuando se movía una silla o caminaba alguno de los habitantes de la casa, alguna puerta que se cerraba o el motor de la heladera que arrancaba o que paraba. Medio adormecido pude percibir cuando los hermanos de mi amigo se despedían de sus padres para retirarse a dormir y finalmente, cuando el matrimonio apagó el televisor y las luminarias para dirigirse a sus aposentos.
El silencio fue ganando la escena, ya solo podía percibir la respiración irregular de mi amigo y los lejanos ladridos de los perros del vecindario, que eran secundados cada tanto por los de Falucho. Eventualmente, alguna ráfaga de viento sacudía la arboleda.
Comenzaron entonces unos ruidos casi imperceptibles y extraños para mí sobre el cielorraso de machimbre de nuestra pieza. Nunca había escuchado ruidos de esa naturaleza, parecía como si alguna fuerza extraña estuviera flexionando el techo de modo que crujiera muy levemente, en algún momento pensé que podía tratarse de termitas que estuvieran devorando la madera de los listones que conformaban el techo, luego imaginé alguna laucha que pudiera roer las vigas, todas estas opciones lógicas no terminaban de convencerme.
Pascualito seguía durmiendo como un bendito y ahora el asustado era yo.
Implacablemente, el reloj de péndulo del comedor iba desgranando sus campanadas a medida que avanzaba la noche, mientras que yo no podía dormir. Ya maldecía haber aceptado la invitación.
Sábanas y cobijas de la cama me cubrían hasta las narices, mientras que mi cabeza se refugiaba bajo la almohada. A través de la ranura que quedaba entre ambos elementos de la cama, mis ojos atisbaban por los rincones y zonas de mayor penumbra de esa habitación. Sólo para imaginar sombras o bultos inmóviles que parecían estar al acecho. Escucharlo a Pascualito dormir tan plácidamente me daba algo de envidia y a la vez me confortaba pensando que si llegara a pasar algo podría despertarlo para que me acompañe.
De tanto en tanto, algunos pasos acercándose por la acera llamaban poderosamente mi atención y tensaban mis nervios de modo de alejar cada vez más al sueño tan necesario y deseado. Ni bien se alejaban los pasos de ese transeúnte desconocido, la calma retornaba a mí, entonces ya no sabía si quería dormir o estar despierto.
Como corolario de esta situación, comencé a tener deseos de orinar.
Pasé no sé cuanto tiempo cavilando hasta que me decidí por encender la luz del cuarto para dirigirme al baño, ni bien oprimí el interruptor eléctrico y se encendió el velador, mi amigo se despertó. Esta circunstancia me infundió el valor necesario para correr hasta el sanitario y dar el necesario alivio a mi vejiga. También a las corridas retorné al calor de mi lecho. Apagué el velador. Entonces, mi amigo comenzó a hablarme. Me preguntó si había podido dormir o los ruidos de la casa me lo habían impedido. Cuando le confesé mi verdad, me comentó que él se había podido dormir tranquilo pues yo lo estaba acompañando y me propuso que ahora sería él quien se quedara despierto, velando mi sueño. La proposición me pareció acertada, de modo que la acepté de inmediato.
Esto logró que por fin me relajara y sintiera como los sueños comenzaban a envolverme en su dulce atmósfera de paz.
El despertar fue bien diferente: mi amigo me estaba sacudiendo como un trapo tratando de hacerme retomar la conciencia. Noté que estaba bastante alterado, con sus ojos desorbitados, la respiración jadeante y entrecortada. Había visto otra vez al enano, esta vez había sido su sombra proyectada sobre las persianas de la ventana que daba a la calle, sólo había alcanzado a ver el contorno de su silueta, por un instante —decía—, pero que había sido el tiempo suficiente como para que lo pudiera identificar con certeza. Falucho estaba ladrando.
Despiertos y mudos nos encontró el amanecer.
En cuanto sentimos movimiento en la casa (señal que se había levantado la madre de Pascualito), saltamos como resortes desde nuestras camas, nos higienizamos y vestimos en tiempo récord y fuimos al encuentro de ella para tomar un desayuno reparador. De las peripecias nocturnas no se hizo mención alguna.
Doña Clara nos hizo abrigar en demasía antes de darnos permiso para salir del interior de la casa, aduciendo que no se perdonaría jamás que yo me fuera a resfriar o engripar por culpa de una negligencia de su parte. Por suerte brillaba el sol.
Abrigado como un esquimal pude salir al patio de la casa, donde nos recibió Falucho, quien le hacía fiestas a mi amigo como si no lo hubiere visto por décadas; de ahí nos dirigimos a los fondos, al galpón donde los hermanos de Pascualito se entretenían reparando esa motocicleta. Entre medio de infinidad de trastos viejos y fierros que yo no tenía la menor idea de para que servían, pude divisar una maltrecha moto. Ni siquiera tenía un foco instalado en el frente de la misma, ya que exhibía vacío el lugar asignado para tal fin. El asiento para el conductor estaba faltando y pude divisarlo, con su tapizado destruido y tirado en uno de los costados del galpón.
Semejante armatoste me resultaba deprimente, aunque ante los ojos de mi pequeño amigo esa máquina se comparara con un tesoro inigualable.
Pascualito comenzó a toquetear la motocicleta. Y antes de que me diera cuenta, se había encaramado en ella. De inmediato me indicó que atisbe por una de esas sucias ventanas del galpón, para que le avisase si llegaba a aparecer alguno de sus hermanos. Tal encomienda me puso en el inconveniente papel de cómplice de su travesura: ¡para mí todos los riesgos y ninguna de las satisfacciones!
Ya me imaginaba lo que seguiría.
Parado sobre los pedales de la motocicleta simuló estar subido al asiento ausente y tomándose del manubrio con firmeza imaginó un emocionante viaje por quien sabe que misterioso paisaje; en ese trajinar comenzó a hamacarse como si tomara imaginarias curvas peraltadas mientras simulaba con su garganta el ronquido de un poderoso motor de infinita potencia. Tanto se entusiasmó en su fantasía que la motocicleta comenzó a bambolearse hasta que comenzó a desequilibrarse y terminar –casi— tirada de costado sobre el piso, algo que a duras penas evitó al saltar de esa moto y sujetarla.
De inmediato le presté la ayuda necesaria para volver la máquina a su posición original y sin más demora salimos corriendo hacia el patio.
Con nuestra mejor cara de inocentes cruzamos frente a las ventanas de la cocina, donde estaba la madre de Pascualito y el mayor de sus hermanos, de ahí fuimos al encuentro de la barra de amigos, quienes —como siempre— se encontraban en el mismo potrero jugando otro picado a la pelota. Por suerte la poca lluvia no había embarrado demasiado el piso de la cancha.
Ni bien llegó, Pascualito comenzó a confesarles a media voz, como en secreto, los pormenores de la noche pasada. Los otros pibes lo escuchaban con gran atención. Ahí me enteré que yo también había visto al enano esa madrugada.
No habíamos sido los únicos: otro pibe juraba que lo había podido ver cuando en medio de la tormenta, como un relámpago más,  saltaba desde el techado del vecino a su casa hasta la copa de uno de los árboles de la vereda.
Yo ya no sabía que pensar.
Sin demasiadas novedades transcurrió el resto de la mañana, ganamos tres picados y perdimos uno, yo hice un montón de goles, luego jugamos a las bolitas en una canchita improvisada a un costado del potrero, para finalizar jugando a las figuritas contra la tapia de una casa cercana al potrero. Tuve la buena fortuna de ganar como una docena de figuritas y lo más importante fue que mediante el cambio de las figuritas repetidas que tenía pude conseguir al menos quince de ellas que me estaban faltando para intentar llenar el correspondiente álbum.
De vuelta a la casa nos esperaba un baño caliente, la cambiada de nuestra ropa (embarrada a más no poder) y un suculento almuerzo dominguero, consistente en tallarines caseros, que había amasado la madre de Pascualito, acompañados con un riquísimo estofado de carne.
Luego del postre hicimos una sobremesa prolongada, donde entre otras cosas me preguntaron si me había divertido durante mi estancia en su casa. Ante mi (previsible) respuesta afirmativa, me prometieron que me invitarían nuevamente más adelante, pues yo me “había portado de lo más bien”.
Ya se había hecho una hora prudente para que Don Pascual y Doña Teodolinda retornaran a la ciudad y me llevaran de regreso con ellos hasta mi hogar. De modo que, en un abrir y cerrar de ojos, me encontraba despidiéndome de mi amigo y de sus familiares restantes. Pascualito volvería al otro día, en compañía de su madre, a la casa de su abuela.
Entonces observé que sus hermanos portaban un serrucho y un hacha: se dirigían a cortar una gran rama, desgarrada desde el tronco, en ese árbol que se encontraba justo frente a la ventana de la pieza de Pascualito.
            

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