miércoles, 29 de febrero de 2012

Un caballo de tiro

Es una escena terrible ver a un pobre caballo que arrastra un carro. Y saber que así transcurren sus días: sometido, resignado, agotado, ido.
La palabra corcel no se aplica en él, mucho menos los buenos cuidados.
Sin embargo, fue creado para pacer tranquilamente en las llanuras.
Los hombres no deberíamos obligarlo a hacer nada, menos aún esclavizarlo. Los hombres no deberíamos obligarnos a hacer nada, tampoco.
   

domingo, 26 de febrero de 2012

Aventura inigualable

   Cada tanto deambulo por caminos intransitados por mí. Es reconfortante la sensación de descubrimiento que a cada momento se presenta ante mis ojos. Mis presentimientos rara vez se confirman.
   Inmerso en tal aventura descuido obligaciones, asumo inconscientes riesgos por ello.
   Se que nunca viajo solo.
  Al suspender cada pequeña travesía, aún sin llegar al final, me embargan deseos incontenibles de proseguir. Ansioso, deseo retomar la acción cuanto antes.
   Llego satisfecho. A veces feliz, siempre más sabio.
   Leo.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Biblioteca temática

Resulta por lo menos curiosa la idea de la existencia de una biblioteca virtual de formato circular, que se encuentre ordenada por las orientaciones ideológicas de las obras.
En este lugar ideal se ubicarían sobre el frente de la misma aquellos libros de pensamiento moderado, hacia la izquierda de estos se ubicarían los libros de una ideología más progresista, mientras que acomodados hacia la derecha de esta posición se ordenarían aquellos otros ejemplares de un pensamiento más reaccionario.
Cuanto más se alejaren las obras del punto inicial de equilibrio, más hacia la izquierda o hacia la derecha política se tornarían sus mensajes.
Curiosamente, la progresión de este fenómeno daría un resultado inquietante: a espaldas del potencial lector los extremos ideológicos se confundirían y coincidirían. Y no serían moderados.
Ese mismo observador, parado ahora en el extremo diametralmente opuesto —confundido— vería que el pensamiento expresado en aquellos libros acomodados a su izquierda iría tornándose cada vez más inconformista, mientras que para su derecha el mensaje expuesto en las publicaciones acomodadas por allí iría virando hacia posiciones más conservadoras.
En este espacio imaginario, los libros de los anarquistas estarían tirados por el suelo, en cualquier lugar, por resultar inclasificables; para peor aún, al desplazarnos en la búsqueda de algún libro acomodado entre los anaqueles, tropezaríamos con estos volúmenes dispersos, con riesgo de trastabillar y —por su culpa— sufrir una caída fatal.
Esta idea pareciera tener su origen a partir de un libre ejercicio sobre algún cuento inacabado de Jorge Luis Borges, quien bien pudiera ser hallado frente a alguno de los anaqueles de esta biblioteca, en un lugar no definido. ¿Sería por su ceguera?

lunes, 20 de febrero de 2012

Retratos

Causa pena observar retratos familiares donde posa una pareja sonriente, mientas sabemos que no se podrán repetir.
Nadie murió.

Apariciones

   Contra toda razón, debo admitir que existen.
   Al menos uno de ellos se presenta ante mí. De improviso lo veo, subrepticiamente, en mis manos; o en algún gesto reflejado en borrosas fotos: donde debiera aparecer mi imagen, se observa algo de él. Algún eco devuelve, tal vez confundido, su voz.
   Yo creía que solo habitaba dentro de mi corazón.

Prodigio

Desde que tengo uso de la razón he oído acerca de los charlatanes de feria. La gente los cataloga como personajes inescrupulosos que, con su gran verborragia, engatusan a los incautos.
Por ello, al acudir a ese parque de diversiones aquella noche estival, puedo decir que estaba bien prevenido sobre las mendacidades en que se especializaban estos individuos; no era desconocido para mí el hecho de que estos personajes hacían gala profesional de un histrionismo dedicado por completo a las malas artes.
Durante aquella incursión a la feria, luego de recorrer sin demasiado entusiasmo las cercanías de los consabidos juegos mecánicos, consistentes en las centrífugas sillas voladoras, la previsible calesita, el vertiginoso martillo y la inmensa rueda denominada presuntuosamente como "vuelta al mundo", me dirigí hacia los diferentes puestos de aquella kermés. Pude constatar sin asombro la presencia de los habituales entretenimientos: el tiro al blanco con rifles de aire comprimido con su mira defectuosa, las argollas que difícilmente se pudieran embocar en los cuellos de botellas de bebidas alcohólicas diversas, las ruedas de sorteos cargadas y otros tantos artilugios tramposos.
Fue en ese preciso momento que observé al charlatán de feria aquel.
Estaba encaramado a una tarima baja, ataviado con un frac plagado de lentejuelas color rojo (incluso su chistera poseía abundancia de estas brillantes inserciones), sus zapatos escarlata hacían juego con el atuendo, aunque poseían una capellada color crema que hacía resaltar los nerviosos movimientos del personaje. Utilizaba una bocina cónica para dar mayor resonancia a su voz.
Comenzó su alocución a los gritos. Con estridencia vociferaba acerca de que en esa carpa, ubicada a sus espaldas, estaba la maravilla de nuestros tiempos. Un prodigio, nacido en pleno siglo veinte, que aún podía maravillarnos al día de hoy, aclaraba.
Nada decía en su alocución acerca de las características de esa maravilla.
Las paredes de la multicolor carpa relucían con letras espejadas, en ellas se podían leer frases del tipo: “Maravilla Incomparable”, “Pase y Asómbrese”, “Fenómeno Prodigioso” y otras tantas leyendas por el estilo.
Sospechaba profundamente que ese hombre mentía, pero mi curiosidad iba en aumento.
A la derecha de este individuo, a nivel del piso, se encontraba una joven y no tan agraciada mujer, que se encargaba de vender los boletos de ingreso a la carpa; se la veía inmersa dentro de un ajustado vestido de bailarina clásica, que alguna vez habría sido de color blanco níveo, que dejaba a la vista sus piernas, demasiado musculosas para mi gusto.
Este hombre recalcaba en su alocución que toda aquella persona que ingresara a ver el prodigio oculto dentro  de la carpa accedería a un espectáculo que le maravillaría. Aducía que a través de él llegaría a conocer los secretos más profundos de la naturaleza, que la visión del espectáculo le haría sentir las emociones más variadas, desde aquellas eminentemente placenteras hasta horrores inenarrables.
Nos garantizaba que si presenciábamos ese espectáculo que él ponía a nuestro alcance, quedaríamos tan atrapados por la experiencia vivida que luego no dudaríamos ni un instante en volver: rogaríamos por un nuevo boleto de ingreso.
Más hablaba él, más estaba convencido yo de que nos mentía con descaro.
En su discurso nos decía que podían ingresar desde niños hasta ancianos y que todos saldrían por igual de satisfechos.
Argüía que tanto los extremadamente puritanos como los más liberales podrían hallar en él el espectáculo más afín a sus creencias y deseos.
Nadie sería defraudado.
Yo seguía sin creerle, pero la curiosidad me estaba carcomiendo la mente.
Entonces, dijo algo que me decidió: "aquel que piense que miento, le garantizo devolverle su dinero si me prueba que lo que digo no es la más pura verdad", afirmó.
Nada perdería con abonar la entrada si luego el espectáculo no se correspondía con lo publicitado por el charlatán de feria.

Tras pagar por mi boleto, ingresé por una estrecha abertura solapada de la carpa, que daba ingreso al interior; ni bien me encontré adentro del lugar escuché las sonoras risas de los espectadores y los aplausos generalizados. Avanzaba con dificultad, a los tumbos, ya que el lugar se hallaba prácticamente en penumbras, salvo el centro de la carpa.
En ese preciso lugar se hallaba el prodigio.
Ni bien lo vi, me di cuenta que el astuto charlatán de feria había dicho la verdad.
Allí se encontraba, omnipresente, un televisor.
 

jueves, 16 de febrero de 2012

Juan, el cordobés

En nuestro camino por la vida se cruzan algunos personajes que no se olvidan fácilmente. Uno de ellos es Juan, autodefinido como poeta aficionado.
Lo conocí en oportunidad de un viaje entre Catamarca y Córdoba, al ocupar asientos linderos en un ómnibus de la firma Cacorba. 
Todavía estábamos sentados en la Terminal de San Fernando del Valle de Catamarca, a la espera de partir, cuando se presentó formalmente con ese nombre y me señaló a una chica joven y sonriente que lo acompañaba, pasillo mediante, indicando con humor que se suponía que él era el padre.
Hombre comunicativo, de gran facilidad de palabra, habló más de lo que escuchó; de hecho, yo sólo pude introducir algunos bocadillos dentro de su perorata, los que, ahora a la distancia, imagino como triviales. Así transcurrió buena parte del viaje: él hablaba y yo casi siempre escuchaba.
Este cordobés que me enseñó aquello de: “Córdoba mira con soberbia al Norte Argentino y con envidia a Buenos Aires”, como corolario a una explicación sociológica de entrecasa sobre la identidad y las costumbres de las poblaciones argentinas.
Entre otras cosas me refirió que había estudiado no sé que carrera humanística en la Universidad de Catamarca, entidad a la que calificó de “humilde casa de estudios”.
Aquel viaje prosiguió sin sobresaltos hasta que hicimos una parada, que pudiera haber sido en Deán Funes, o en Frías, aunque en realidad el lugar no es relevante en esta historia. Ahí bajó casi la totalidad del pasaje, para tomar algún café caliente e ir al baño. Recuerdo vívidamente que era una fría noche invernal.
En cuanto volvimos a tomar posición en nuestros asientos en el transporte, escapados a la inclemencia de la noche, me contó -a título de confidencia- que se había cruzado en el bar con un conocido suyo. Un hombre que seguramente habría ido a saludarlo con malicia, convencido de haberlo pillado con un vaso de vino en su mano, pero que en realidad se había llevado un flor de chasco: el vaso estaba lleno de gaseosa.
Yo era tan chambón que no me di cuenta de su problema. Si no fuera porque en realidad era un alcohólico, el hecho no hubiera merecido ninguna mención. Hoy creo que -probablemente- lo que tomaba era gaseosa, pero con ginebra, para combatir el frío.
Al proseguir su charla, me contó que una vez le habían publicado uno de los poemas suyos en el diario La Prensa, en el suplemento literario, aquellos rotograbados (según los llamaba mi abuelo) en tinta sepia, que se entregaban con la edición dominical de aquel periódico.
Y ahí nomás, en un rapto de improvisación, recitó un poema sobre la amistad, esa que podía surgir en un viaje impensado en un micro (de Cacorba) ante este porteño de ojos absortos como auditorio, que descubría sin saberlo la vida y el mundo.
Me entusiasmé de haber conocido a este hombre, con inclinaciones artísticas, con vuelo poético, con mente abierta, ya que no resulta tan sencillo poder hallar personas que posean alguna de las inquietudes propias. Con su ayuda podría aprender bastante.
Al fin llegamos a Córdoba. Nos despedimos con naturalidad, como cualquier amigo que volverá a encontrarse en unos días, para proseguir con la relación.
Ciertamente, volví a verlo. Fue unos meses más tarde, en Catamarca.
Era de noche, bastante tarde, yo viajaba en un colectivo urbano rumbo a la plaza principal; desde mi ubicación en uno de los asientos de la última fila lo observé subir al vehículo y darle unas monedas al conductor (ya había notado previamente que nadie pagaba el boleto, a excepción mía); acto seguido, se ubicó en el primer asiento. No me vio, quizás estuviera medio dormido.
Ni bien lo distinguí, mi primer impulso fue cruzar una mirada, ir en su encuentro a saludarlo, recordarle nuestro primer viaje; pero no hubo oportunidad, ya que él no observó al pasaje en ningún momento. Mi timidez me impidió recorrer todo el pasillo del colectivo, sentarme junto a él y saludarlo.
Luego fue tarde, ya que su descenso se produjo enseguida, en algún momento inadvertido por mí.
Nunca más volví a verlo.

martes, 14 de febrero de 2012

Maravillarse

Si hay una sensación que durante la niñez tiene su más real y puro sentido, esa es la de maravillarse.
Todo niño tiene el don del asombro, pues desde su ingenuidad e inocencia todo aquello que le resulte grato y a la vez novedoso, le dará como resultado una sensación placentera.
A esa edad se transforma la realidad en fantasía, de un modo simple e inmediato. En la imaginación infantil cualquier juguete en un objeto maravilloso, tan real como aquello que representa. A partir de esta simulación vive a través de él aventuras indescriptibles, inmerso en el país de la ilusión. Un lugar que supongo debe existir, aunque nadie pueda ubicarlo en un mapa; ya que en realidad se ubicaría en la mente de los niños, donde todo es posible.
De pequeño, mi imaginación podía transformar esos autitos de juguete, unos simples y ordinarios objetos de plástico; con suma facilidad los convertía en unos maravillosos vehículos: con ellos era posible disputar carreras, por todo tipo de escenarios y geografías, la mayoría de ellos insólitos. Así, se podían vivir aventuras emocionantes, que tenían lugar en una senda diminuta en la tierra de un cantero, o sobre el mantel de una mesa, o entre los pliegues de las sábanas de mi cama.
Incluso, en mis sueños, hasta una vez pude ingresar dentro de un jeep de juguete muy pequeño, y... ¡conducirlo!
 
Junto a mis primos, Laura y Hugo, durante un irrepetible día maravilloso, en casa de nuestra abuela.
Este mismo efecto me pareció entreverlo en otras personas, ya adultas y quizás parecidas a mí, quienes con incredulidad y asombro descubren tardíamente hechos y situaciones que deberían resultarles más que obvias.
Nadie está a salvo de este sentimiento, por más experto que se considere en las cosas de la vida.
En el maravilloso país de la inocencia, todo es posible.